CARTAS DESDE AUSTRALIA

MAGNETIC ISLAND

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Koal


Preparábamos las mochilas. Ellas habían estado aguardando su momento pacientemente. Viajando en la furgoneta no había necesidad de sacar las grandes sacas de mochileros. Este era su momento, iban a ser unos días de islas, las islas que flotan entre el continente australiano y la gran barrera de coral, en ese mar tranquilo cobijado del oleaje por el arrecife, al que se suelen referir como laguna, una inmensa laguna oceánica.


Magnetic island está situada a tan solo media hora en ferri de Townsville, como de costumbre, a la hora que debía estar zarpando el barco nosotros hacíamos cola para comprar nuestro billete. Si hacíamos cola era porque no éramos los únicos que llegábamos con el tiempo justo y eso favoreció que media hora más tarde estuviéramos haciendo autostop en suelo isleño tras perder el autobús que salía desde el puerto.


En el trayecto decidí pedir un mapa y algo de información a los marineros, resultando que fui a preguntar a una muchacha de Málaga que lleva quince años viviendo en Australia. Me indicó todo lo que no te puedes perder de la isla incluyendo en qué playa acampar de prestado, llamarlo ilegal sería probablemente demasiado teniendo en cuenta y a favor que los locales suelen hacerlo.


Un hombre en sus sesenta paró su coche a escasos metros de nosotros, simpático, afable, nos llevaría hasta el comienzo de nuestra ruta que nos haría desfilar por tres preciosas calas de aguas cristalinas y personalidades diferentes. Debíamos recorrer cuatro kilómetros y pico hasta llegar a radical Bay (la bahía radical), donde acamparíamos. Comenzamos a caminar con las pesadas mochilas, debíamos llevar todo para subsistir, incluyendo comida y sobre todo agua para caminar por una isla tropical del norte de Queensland, donde el aire no parece sentirse cómodo sin un mínimo del setenta por ciento de humedad.


En media hora ya estábamos en la primera playa, Arthur Bay (la bahía de Arturo), una coqueta cala flanqueada en sus laterales por grandes rocas de superficies redondeadas y cuyos árboles de escaso follaje ofrecían sobre la arena una sombra tímida pero necesaria. Nadamos un rato, desde aquí no se llegaba a ningún parche de coral, así que decidimos continuar la marcha rumbo a Florence Bay (la bahía de Florencio). El camino era una maltrecha carretera estrecha por la que casi nadie circulaba entre estas dos últimas bahías. La superficie de alquitrán invitaba a llegar hasta Arthur Bay pero no más allá. Los bien estructurados y profundos agujeros que salpicaban dicho suelo te hacían ver a ciencia cierta que tan solo con un buen todoterreno podrías avanzar hacía Florence Bay, y si el vehículo era alquilado, el seguro no cubría el daño ocasionado sobre esta carretera… como para pensárselo dos veces. Lo que no era necesario pensar era el asomarse a los puntos estratégicos desde donde divisar las playas a vista de pájaro y el océano abriéndose hacia el infinito.


En Florence Bay encontramos una extensa playa con más sombra sobre la arena y una gran plataforma de coral a escasos metros de la orilla. Ahora sí, por fin nadábamos por entre el coral del arrecife más famoso del planeta, de la galaxia, del universo. El colorido del coral era maravilloso, al contrario del arrecife de la costa oeste, más sano pero más plano en cuanto a tonalidades se refiere, este arrecife celebra poseer coral blando; hay diferentes tipos de coral, y en la barrera de la costa oeste donde vivimos casi cinco meses, todo el coral es duro. Simplemente son diferentes, y en ambos la vida marina florece de una forma tan sublime, tan sensible, que no te queda más remedio que conectarte con el mar, con la naturaleza, recordando de dónde venimos y a qué nos debemos de veras. Y verás, no nos debemos a nuestro trabajo, no nos debemos al aparentar tal o cual para crear una imagen de nosotros en la mente de los demás (o en la nuestra), no nos debemos al dinero, nos debemos a nuestra madre tierra y mar, incluyendo vegetales animales y humanos; aun así entiendo, porque en mí lo vi, no siendo posible darte cuenta de otro modo, lo lejos que la conciencia humana quedó de lo que de verdad es su principal ocupación, y siendo positivo, pensar que todos podemos de verdad volver a conectarnos con la vibración de la naturaleza que nos mantiene vivo y que nunca descansa. Aunque solo sea por escasos –y necesarios- momentos.


En esa plataforma de Coral María vio dos tiburones de arrecife de punta negra, uno de ellos bebé, a mí se me escaparon. Con lo que sí compartí tiempo y espacio fue con varios peces murciélago –de su traducción en inglés-, blancos, planos y altos, con un banco de peces loro que picoteaban el coral aquí y allá, moviéndose como ejecutivos estresados en hora punta por los pasillos del metro de Londres, y dejando escapar por sus orificios anales lo que es arena de playa. Sí, los peces loro convierten el coral en arena de playa en su sistema digestivo, por lo que es casi seguro, alguna vez has agradecido el estar tirado encima de excrementos de peces loro (en su pequeñísimo porcentaje como componente de la arena) sin saber de dónde procedía este gran regalo: la arena de playa. También hizo aparición un pez caja amarillo, con sus lunares negros esparcidos por todo su cuadrado cuerpo y su particular torpe danza natatoria.


Pronto se acercaría la caída del sol, proseguimos nuestro camino hacia la cala que prometía un lugar de ensueño para una acampada al aire libre. Al llegar a Radical Bay nuestros ojos confirmaron: estilizadas palmeras que te hacían tocar tu espalda con tu nuca para ver los cocos, grandes y frondosos árboles dando fresco cobijo al borde de la arena, rocas confinando el escenario a los lados, haciéndote sentir en un enclave protegido, en una especie de paraíso apartado de la civilización, y de pronto, una tarima de madera y un piano sobre ella que te traía de vuelta a este mundo. El piano se apoderó de mi cerebro de alguna forma y pase un cuarto de hora tecleando sin saber muy bien que hacía, aunque los ritmos tenebrosos de película de Hitchcock que de mis manos fluyentes salían no desafinaban del todo, ni siquiera las aves cantoras se taparon los oídos. Tan solo otra pareja que llegó ya caído el sol con un poderoso cuatro por cuatro nos acompañó en la distancia aquella noche de primavera en la que cenamos frente a nuestra pequeña hoguera en una cala de una isla del océano pacífico.


A la mañana siguiente, María no paró de buscar un coco hasta encontrarlo. Queríamos desayunar un auténtico coco recogido en la playa y abierto por nosotros mismos, y esa fue la parte más interesante: la cobertura verde y fibrosa del coco exigía un buen machete para una rápida apertura a su interior líquido y carnoso. Por descontado, no poseíamos tal herramienta pero teníamos una pequeña y barata navaja que tendría que esforzarse. La lucha comenzó y era yo contra el coco, la navaja abría trecho lenta y forzosamente, podía tirar de la madera fibrosa para extraer pequeños fragmentos, el hueco se agrandaba poco a poco hasta que la pobre navaja se vio vencida y quebró ante tan poderoso material. María y yo nos pasábamos el coco, lo que quedaba de navaja y la hoja de esta suelta, escarbando rumbo a las entrañas del tropical manjar. La inteligencia era necesaria, pero como avisaría Gandhi, la paciencia es aún más valiosa y también necesaria para nuestro triunfo y tras prácticamente una hora de forcejeos y excavaciones teníamos casi medio coco abierto. Pudimos abrirle un agujero con el destornillador de la navaja multiusos y la sonrisa se dibujó en nuestra cara: ¡bebíamos el néctar del coco! Procedí entonces a golpear la gigante semilla con una piedra, resquebrajando así la última capa de su cáscara, la esfera marrón. Nunca tanto esfuerzo para tan poco sustento supo tan bien. La carne del coco estaba realmente deliciosa, puede que tengan razón aquellos que dicen que sabe mejor lo que esfuerzo te cuesta.


Más tarde y con las mochilas a cuesta visitamos la bahía de Horseshoe (herradura), donde uno de los pueblitos de la isla celebraba su mercadillo semanal. En realidad, poco más nos ofrecía que no hubiéramos disfrutado ya así que movimos ficha hacia el camino de las torres del fuerte. Durante la segunda guerra mundial se habían construido en las colinas de la isla una serie de torres vigía y artillería para la prevención de posibles ataques a manos de los japoneses. Ahora se usan para que nuestros sentidos puedan deleitarse observando todo lo que desde lo más alto de la isla puede verse. Pero en realidad no era eso lo que más nos atraía de este sendero que comenzaba en el mismo lugar en el que el día anterior comenzábamos nuestra ruta de playas. Magnetic island es casa de la mayor colonia de koalas de Australia, y este camino era el mejor lugar donde encontrar a estos bellos durmientes. Estos marsupiales de entrañable aspecto parecen dormir la mayoría del tiempo, aunque según indican los biólogos, en realidad, su ritmo cardíaco bombea extremadamente lento debido a que sólo se alimentan de hojas de eucalipto, las cuales son altamente tóxicas produciendo un efecto parecido al de una droga en los peludos animales que quedan dormitando la mayor parte del día. Así, sesteando sentados cómodamente sobre la interjección de varias ramas y abrazando una de ellas encontramos a tres preciosos koalas que no se inmutarían lo más mínimo. Eso sí, no te dejes engañar por esto que te digo ni por su aspecto de osito de peluche, cuando quieren o deben, los koalas han demostrado ser animales súper ágiles, pudiendo servirse de sus potentes garras no solo para trepar troncos, ya sabes, las apariencias pueden engañar.



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