SALUD Y AMORQUÍA

LA MASA REACCIONARIA

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Durante unos años se albergó la esperanza. Se creyó por parte de muchos que la dinámica política en este país de gente distinta cambiaría. No había pan para tanto chorizo y los políticos no nos representaban. Existía una movilización desde abajo que aspiraba a cambiar la baraja con la que se jugaba desde el año 1978. Por primera vez en mucho tiempo, un sentir mayoritario parecía poner en solfa la tan cacareada transición y como el cuento del emperador, parecía surgir un sector importante de la ciudadanía que caía en la cuenta de que el emperador estaba desnudo. Ya no nos podrían engañar con fuegos de artificio como las carnavaladas del 92 o la barra libre del boom inmobiliario. Vivíamos en un régimen, un régimen que trazó un marco legal para sancionar el continuismo de un pasado en franco y negro: en los negocios, en la judicatura y en los tics autoritarios del gobernante de turno; para sancionar el olvido. El sistema tenía una crisis de legitimidad que desde la monarquía corroía todas las instituciones del Estado. La precariedad de muchos significaba el beneficio de unos pocos y parecía por momentos que todo eso iba a ser un mal sueño del pasado.


Frente a esto, los partidos tradicionales, los que mantenían el edificio de la II Restauración, desde sus poltronas de gobernantes acudían a la mayoría silenciosa para legitimarse. Porque a la fuerza había de haberla, ya que los resultados electorales no se correspondían con el sentir de esa calle que se movía en asambleas durante el 15M, del clamor contra la guerra de Irak, de las columnas que tomaban Madrid, mientras la siniestra Cifuentes las reprimía usando la fuerza bruta. Esa mayoría silenciosa callaba, pero un ojo medianamente atento podía percibirla en las explosiones de júbilo por los éxitos deportivos, en los abucheos a Zapatero cada 12 de Octubre, en el escaso seguimiento que tenían las huelgas y los argumentos esgrimidos por los que se negaban a secundarla, en los índices de audiencia de los voceros radiofónicos que daban crédito a las teorías conspirativas del 11M y que alertaban sobre el peligro de una España rota; en Andalucía, en la legión de cofradías que cada vez más se paseaba por las calles con su turba de rocieros. 


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Pues bien, esa mayoría silenciosa ha decidido pasar a la acción. Es una masa reaccionaria heterogéna, pero que tiene en común unas entrañas parecidas. La bandera rojigualda como símbolo de unidad, el rechazo a otras concepciones del estado proveniente de su rechazo a todo lo que huela a catalanismo, vasquismo o cualquier intentona más o menos identitaria que no se ajuste a la española. También otra cualidad de esta España reaccionaria es su poca sensibilidad hacia el pasado, porque “el franquismo es una cosa –y empleo esta palabra imitando a Rajoy- de hace cuarenta años; una dictadura autoritaria, pero permisiva con sus oponentes. De ella, se pueden extraer elementos positivos, destacando por encima de todos el de la indisoluble unidad de la patria, que curiosidades de la vida también aparece en la ahora intocable Constitución”. La masa reaccionaria como ya he señalado es heterogénea y abarca desde los hooligans de la España negra que apalean a gente en Valencia hasta elementos más refinados que votan a Ciudadanos. Jamás la vimos en un deshaucio, nunca participando en una asamblea del 15M, mucho menos en un Primero de Mayo protestando contra el desempleo y la precariedad laboral, lo único que la ha hecho levantarse es la situación actual de Cataluña. Sin embargo caeríamos en un error si culpáramos al independentismo de ello, pues la masa reaccionaria siempre estuvo ahí y nunca se fue. Lejos de eso, mientras muchos nos encantábamos de habernos conocido en asambleas y protestas, la reacción crecía al calor de la desmemoria histórica, los éxitos de España en el mundial y la proliferación de banderas rojigualdas en los balcones; adoctrinada por la política caciquil del propietario castellano, de los Baltares gallegos y del sociatismo andaluz.


En 1848 la movilización obrera acabó en Francia con la monarquía burguesa de Luis Felipe y su liberalismo doctrinario. Solo unos años después, tras pasar por un período que albergó incluso a miembros de la clase obrera en el poder, la dinámica revolucionaria derivó en la reacción y el cesarismo de Napoleón III. Tomemos nota de la historia porque siempre se aprende. La ola reaccionaria nos sepultará y habrá reforma constitucional y segunda transición, pero para involucionar. La deriva autoritaria está ahí, al cruzar la esquina.


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