18 AÑOS DESDE QUE LLEGUÉ A TI. TODA UNA VIDA. O MEDIA.

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En estos días se cumplen 18 años, la mitad de mi vida, desde que llegué a esta ciudad con dos maletas repletas de mucho miedo pero también con mucha ilusión. Muchas historias, muchas batallas, muchos retos, alguna desilusión, muchos sueños, cumplidos y sin cumplir. 18 años dan para quererla siempre. Quererla como tú la quieres, Cándido, sin compasión, sin haberle dado tregua ni un segundo, sin reproches, tal y como me dijo una persona a la quiero, admiro y aprecio. 


Aún recuerdo, como si fuera ayer, la tarde de octubre en que mi padre me comunicó que sí, que me habían aceptado y que iba a estudiar periodismo, lo que siempre había querido. Imagínense mi ilusión, la ilusión de un niño de Arcos de la Frontera, con apenas 17 años, que se venía a la gran ciudad. Y así fue, a los pocos días estaba en Sevilla. Mi primer año, transcurrió viviendo en casa de una hermana de mi madre en Triana. Una gran experiencia a la que siempre quedaré agradecido.


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Poco a poco fui descrubiéndote y queriéndote. Amándote en aquellas noches en la plaza del viejo comandante, así, nuevo comandante, en las noches de las semanas lluviosas de invierno y en las tardes suaves de primavera más que nunca. Conociéndote en las estrechas y angostas calles de barrio de Santa Cruz, bebiéndote a sorbos ya fuera en la plaza del Salvador o en la Alfalfa, en la estación de San Bernardo o en los soportales del Arenal. Entrando y saliendo por la calle Betis, observando desde allí tus monumentos.  Me embrujaste en tus noches y en tus días, canalla. Tanto es así que 18 años después, la mitad de mi vida, aquí sigo rendido a tus pies.


Me he reído contigo, nunca de ti vislumbrando tus defectos en las esquinas, en las macetas de geranios del barrio viejo de tu Santa Cruz a la vez que paseaba por los Jardines de Murillo o mientras contemplabas el cetro de tu reina desde Mateos Gago. Sí, esa eres tú, Sevilla. Te he abrazado, mimado entre mis brazos, estos brazos que han sido brazos de amigo, de enamorado, de emigrante, de revolucionario loco de sueños, cumplidos y sin cumplir. 


También te he llorado sin pudor, querida Sevilla. Quién me lo iba a decir a mí, que iba a ser tu amante secreto cuando desembarqué con el temblor propio de quién se enfrenta a ella por primera vez. Y de ello hace ya el resultado exacto de la división exacta de la edad que tengo, de emociones que no caben en una maleta. Ni en dos. Siempre tú, Sevilla de miarma.


Porque el día que me vaya, que llegará, no encontraré sitio para meter tanto y tan bueno que me has dejado. Ni en mil cajones esculpidos en el taller de la vida dejarán que meta, entre tantas emociones de todos estos años, del sentimiento que he llevado a gala como estandarte de tu presencia. Y eso que nunca quise mirarte a la cara, que preferí hacerlo de perfil. Sí, de perfil, siempre fue un amor de perfil, incapaz de mirarte. Porque sabía que una sola de tus miradas me aferraría sin más cordura que la de sus curvas, sin más locura que la de sus besos en las noches de las plaza, entre medio de tus calles. Fíjate si me conozco q desde el día que te miré caí rendido a tus pies.

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Y aquí sigo, 18 años después al abrigo de tus abrazos. Cómplices siempre de fracasos amorosos, de amores que no podían ser porque nunca lo fueron. De historias y emociones vividas. De cambios y reflexiones. De periodos de madurez. Pero siempre tú. Siempre yo. Ni nadie ni nada borrará lo vivido y sentido aquí, en mi casa, si me das permiso por hablarte así, Sevilla. Porque ya no soy aquél niño que llegó con una maleta dejando atras las paredes encaladas de tu pueblo para presentarme: “Buenas tardes, soy Cándido, vengo de un pueblo de Cádiz, Arcos de la Frontera, ¿lo conoces?… sólo pido que me dejes quererte”. Creo que sí, que me has dejado. Y lo he hecho sin compasión, sin haberte dado tregua ni un segundo, sin reproches, sin preguntarte si sentías lo mismo.


Y no, no me olvido de todos esos amigos que pusiste en mi camino en todos estos años. Los que fueron, los que están y los que seguirán viniendo. Jose, Carlos, Julián, Adrián, Keko, Cristina, Jero. Emilio, mi amigo más veterano en esta tierra. Patri, mi niña bonita. Siempre allá por dónde estés. Fernando, Álvaro. Allí y aquí. Descubrimientos infabilibles como tú, Rafael, conocido de años a, amigo para siempre. O tú Patricio, ¿qué decirte? Nuria, Elena. A Iván, Rafa, José Antonio, Willy, Raúl, Alejandro, mis compañeros de piso. A esos amigos que te reencuentras con diferentes proyectos, como tú, Antoñito. Tantas y tantos nombres aquí conocidos, aquí queridos. Gracias a todos por tanto, gracias por ser parte de mi Sevilla. Gracias por ser parte de mi historia en esta ciudad, con vuestros nombres escritos a fuego. Sea como sea, ni nadie ni nada borrará lo vivido y sentido aquí, en m casa. En Sevilla.


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