LA PIQUETA

¡VENTE A FRANCOLAND, ANTONIO!

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Querido Antonio Muñoz Molina:


A los que te seguimos desde hace tiempo no nos ha sorprendido tu último artículo, “En Francoland”, publicado en Bobelia el pasado sábado 13 de octubre. Una vez más, bajo la hojarasca de tu prosa caramelizada, se ocultaba una serie de dislates que no sé muy bien si atribuir a los efectos del jet lag –a nadie escapa tu condición de ilustre viajero–, a los elevados niveles de dióxido de nitrógeno (NO2) que están contaminando el aire mediático ya casi irrespirable –el periodista John Carlin ha sido la última víctima mortal–, a esa melancolía rubeniana a la que dices sentirte condenado –cargo lleno de penas lo que apenas soporto– o, simplemente, a que te has quedado atrapado en las callejuelas de tu querida Mágina, esa ciudad ficticia que ha conseguido alejarte definitivamente de la realidad.


¿Cómo se explica, si no, que afirmes sin un adarme de sonrojo que en España el fascismo terminó hace años o que es “una democracia tan digna y tan imperfecta como Alemania”? Por una parte, maestro, aburre tener que estar siempre recordando la lista nacional de las ignominias y, por otra, estas son tan apabullantes que resultan ya inocultables, por más que se pretenda lo contrario. Porque, vamos a ver: ¿existe en Alemania un monumento que exalte la grandeza de Hitler como aquí hace con Franco el Valle de los Caídos? ¿Existe en Alemania una fundación subvencionada con dinero público que lleve el nombre de su dictador? ¿Existen allí cunetas donde continúen pudriéndose los judíos masacrados por los nazis? ¿Existen calles, plazas, estatuas, pueblos, etc. que rindan homenaje a asesinos como Goering, Goebbels, Himmler, Kramer o Eichmann? ¿Existe una ley de amnistía germana que impida investigar los crímenes del nazismo? ¿Existe acaso un partido de derechas fundado por ministros nazis?¿Existe impunidad absoluta para quien realiza el saludo fascista? ¿Existe algún ciudadano alemán condenado por hacer chistes en Twitter sobre oficiales nazis? ¿Hace falta que siga? ¿De verdad piensas que la nuestra es “una democracia tan ajena como ella [la alemana] al totalitarismo; incluso más”? No es bueno abusar del anís de Chinchón, maestro.


De esto, sin embargo, no se puede inferir que vivamos en una dictadura. ¿En serio hay que matizarlo? Claro que hemos experimentado avances políticos, sociales y económicos desde el 75, faltaría más. También la España de los setenta era un país más evolucionado que el de los años cuarenta. ¿Se lo agradecemos entonces a Franco? ¿No, verdad? En lo que no hemos avanzado apenas, sin embargo, es en lo ideológico. Como tus amigos extranjeros –cultos, finos, cosmopolitas– pueden comprobar con asombro, seguimos siendo un país de mentalidad autoritaria. No hay día en que no salte al ruedo ibérico un gilifascista –un concejal, un cantante, un juez, un columnista, un cura, un presentador, un taxista, un torero– corroborando este drama. En este sentido, por tanto, claro que seguimos siendo Francoland, pues, como sostiene Rafael Reig, los padres ganaron la guerra en el 39 y sus hijos, durante la Transición, ganaron luego la paz. Esta circunstancia es la que explica que en nuestro país se haya institucionalizado el fascismo hasta el punto de que muchos ya no se espantan con su espanto. Se ha normalizado y naturalizado tanto que se os ha vuelto invisible.


Se entienden, maestro, tus ganas de que España sea al fin una democracia equiparable a la de los países de nuestro entorno. Pero eso no lo vamos a conseguir, desde luego, con artículos donde se manipula –¿de verdad crees que aquí no hay extrema derecha solo porque no existe un partido declaradamente ultra en el Congreso?– y donde se pretende no ver el poderosísimo veneno fascista que nos acecha, letal y punzante, cual entre flor y flor sierpe escondida. Somos todavía Tántalo intentando morder la manzana de una democracia plena, ¡ay!

Así que si los supuestos intelectuales de izquierda le compráis el relato a la derecha más reaccionaria y no sois capaces de señalar a la bestia del yugo y las flechas, ¿qué futuro nos espera? A España, más años de atraso e injusticia. Y a ti, más noches de septiembre en Heidelberg, con amigos extranjeros –cultos, finos, cosmopolitas–, oyendo caer las gotas de tu melancolía.