CARTAS DESDE AUSTRALIA

ESTO NO PARA

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Ya solo quedaban escasas tres horas para llegar a la costa este y poder bañarnos en el mar. Después de atravesar muchos cientos de kilómetros donde solo parecía haber lo que solemos llamar la nada, nuestros sentidos comenzaban a querer oler y percibir el aroma a sal y esa brisa renovadora y particular que el océano nos acerca a tierra.


Estábamos comiendo un helado en un área de servicio, cuando un par de muchachos de acercaron a conversar con nosotros. Los reconocí, los habíamos visto el día anterior al borde de la carretera intentando que alguien los avanzara hacia la costa, y no paramos, la furgoneta solo da para tres personas en su parte delantera. Conversábamos con ellos sobre las aventuras de unos y otros y caí en la cuenta de que en el sofá –convertible en cama por las noches- de la parte trasera cabrían muy bien, pero que podría ser arriesgado si los agentes del orden nos paraban y examinaban el vehículo. La vida es un riesgo en sí y acabamos acampando aquella noche, ellos en su tienda de campaña, nosotros en nuestra casa con ruedas en otra área de descanso a una hora de donde comenzamos a hablar.


Al día siguiente los cuatro llegamos a Townsville, la capital –como se la llama coloquialmente- del norte del estado de Queensland. Buscábamos ansiosamente el mar después de haber pasado varios días conduciendo atravesando la nada soportando calores que pedían agua donde solo había desierto. En la llegada a la playa todos corrimos hacia el agua con una sonrisa dibujada en el rostro y estábamos ya envueltos por el líquido supremo, celebrando extasiados.

Dejamos atrás a los muchachos poco después, nos dirigiríamos hacia el norte por la costa para visitar Cairns, lugar predilecto para zarpar a visitar la maltrecha barrera de coral. Entonces me puse en contacto con unos viejos amigos españoles de los que la última pista que tuve fue que vivían y trabajaban una hora al norte de Cairns, en Port Douglas.


Había conocido a Iñaki y Camilo hacía seis años en Brasil, donde los tres habíamos disfrutado de una experiencia de intercambio universitario que jamás olvidaremos. Una vez paseas por Brasil, esta no te deja olvidar; sus ritmos y soniquetes encumbrados en la samba, la vida en la calle, su alegría, la calidez de su gente, la sensación de peligro en tu mente al caminar de noche por una calle oscura, el feijao, la celebración de la vida en las ricas formas de expresarse de la gente, la capoeira danzada con el corazón y una sonrisa, los morros llenos de abundante bosque tropical, las diferentes fes acompañadas por sus costumbres en la mezcla de lo africano y lo latino…¿!Cómo olvidar Brasil!?


Después de seis años estábamos en la otra punta del mundo, una hora en coche nos separaba. Su respuesta llegó diciendo: “mañana y pasado tenemos libre, nos vamos de acampada a cape tribulation, veniros”. Así fue como llegamos a lo que prácticamente es lo más al norte de la costa este que puedes llegar sin conducir un cuatro por cuatro, invitados por colegas estudiantes que conocí hacía seis años; cuando tu vida se asemeja a la de un ´nómada´ (de estos tiempos), las probabilidades de cruzarte con otros nómadas que conociste te hacen ver que igual el planeta ya no es tan grande.


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Otros dos compañeros de acampada cerraban el grupo, con Javiera, novia de Iñaki, y Adrián, amigo de Camilo, éramos ya seis personas y tres furgonetas siseando el mapa de la costa noreste australiana: la carretera que te ofrece llegada a una de las zonas de bosque tropical más abundante que vi bordea la costa y a la vez esquiva los morros, como se refieren en Brasil a las bajas montañas de abundante foresta tropical, haciéndola retorcerse sobre sí misma, curva tras curva, se convierte en una carretera peligrosa a la vez que seductora, invitándote a conducir despacio y encantado por su belleza de cuento.


Las señales de tráfico avisaban de la presencia de Cassowaries (casuario en español) en la zona, un ave no voladora gigantona, una especie de avestruz de elegante y brillante plumaje negro, con tonos azules y rojos en el cuello que posee una potente prominencia ósea en su cabeza, haciéndola temible en distancias cortas debido a su conocido mal genio. Según parece la zona de bosque tropical noreste de Queensaland es uno de los pocos hábitat donde viven junto con las selvas hermanas de Nueva Guinea y Papúa, y desafortunadamente aunque por ahora, es uno de los pocos animales salvajes australianos que se les está escapando a nuestros ojos.


Lo que sí habíamos visto y sobradamente eran cocodrilos por todo el norte y esta seguía siendo tierra, o más bien agua –mar y ríos- de su territorio, por lo que en las playas nadie nadaba y en efecto, solo nos vi a nosotros adentrarnos en el mar hasta donde cubre las rodillas para recostarnos en el fondo arenoso y salir rápido a la orilla con un ojo observando por el rabillo, atento a cualquier movimiento extraño. Dicen que el miedo es la emoción más potente –junto con el amor, su opuesto- que un humano puede sentir, y cuando se instaura la sensación de peligro en el fondo de la mente es imposible escapar. La duda de si hubiera un cocodrilo por los alrededores siempre estaría en esa parte trasera de la cabeza de donde no la quieres dejar escapar, consiguiendo mantenerla a raya, pero nunca venciéndola al cien por cien.


Después de un partidillo de fútbol a treinta y pico grados, esos baños de meter y sacar era lo mínimo que podíamos hacer mientras bromeábamos con el miedo propio y del de al lado sobre cuán cerca se había producido un movimiento desconocido, la tensión siempre presente. Donde sí nos bañamos a gusto fue en dos pozas de río que Javiera conocía de una visita anterior. En ellas saltamos desde troncos caídos mientras los fotógrafos del grupo disfrutaban el escenario, conversábamos compartiendo experiencias australianas, comimos un arroz hundiendo nuestro tenedor en la olla común y dormitamos mientras nuestro cuerpo hacía la digestión.


Fueron ratos muy agradables decorados por paisajes del fresco verde de los árboles selváticos y estilizadas palmeras, me alegré sinceramente de reencontrar a dos muchachos parecidos a mí, que buscan su camino a su manera, y me sentí muy bien viviendo aunque solo fueran dos días perteneciendo a un pequeño grupo de personas que querían simplemente disfrutar de las vivencias que habían buscado y de las personas y espacio de su alrededor. María y yo continuamos nuestro viaje, esperando encontrar un Cassowari pronto, queremos ver todo lo que podamos y por eso, cuando un señor húngaro nacionalizado australiano nos comentó sobre la cascada más alta de todo el estado nos sentamos en nuestra furgoneta y nos dirigimos hacia ella, estábamos ya bajando un empinado sendero por entre bosque continental que está siendo devorado por el tropical, frente a una impresionante catarata –las wallaman falls- que precipita el agua a doscientos sesenta y ocho metros de altura. Porque esto no para. La vida no para.


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