LA PIQUETA

Y PABLO CASADO COGIÓ SU FUSIL

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Querido Pablo Casado:


Para ser vicesecretario de comunicación del PP te explicas de pena. No me estoy refiriendo a esas repulsivas declaraciones en las que insinúas que a lo mejor Puigdemont acaba como Lluís Companys –es decir, encarcelado, torturado y fusilado; esto lo entendimos a la perfección, ya ves– sino al galimatías posterior que engendraste para justificar tu avanzado nivel de miseria política. Los múltiples anacolutos, la sintaxis desaliñada y un léxico solo a la altura del pato Donald son el mejor síntoma de la bruticie moral y humana de tu partido, que tiene en Rafael Hernando, por cierto, al baluarte del machiberismo matón y desafiante. Pero tú no te preocupes, Pablo, porque vas acumulando méritos (que si los carcas de izquierdas están todo el día con lo de la guerra del abuelo y la fosa de no sé quién, que si Bardem es un imbécil y un subnormal, que si ahora esto de Puigdemont) como para quitarle de aquí a nada el puesto al portavoz de tu partido.


Ndice 44


Fíjate que nada más oírte pensé en Leonard Cohen. Te sorprende, ¿a que sí? Espera, que te lo explico enseguida. Resulta que el canadiense tiene un poema titulado “Todo lo que hay que saber de Adolph Eichmann”, donde se describe al teniente coronel de las ss nazis encargado del transporte de los judíos a los campos de concentración. En la primera parte del poema Cohen nos dibuja a un hombre corriente, –altura media, peso medio, inteligencia y pelo normales, etc.– y en la segunda lanza al aire una serie de preguntas retóricas: “¿Qué esperabas?/¿Garras?/¿Enormes colmillos?/¿Saliva verde?/¿Locura?”.


¿Lo vas pillando, no? El mal no necesita configurarse con esa estética macabra que utilizan las pelis de terror y los cuentos infantiles para asustar sino que suele presentarse revestido con los atributos de la normalidad. Vaya por delante que ni por asomo se me ocurriría compararte con aquel obediente oficial nazi que acabó condenado a la horca, porque eso sería un disparate que niego rotundamente, con mayúsculas, sin necesidad de acudir a esos ridículos trabalenguas en los que tú te escudas. ¿Has visto que fácil es?


Pero veo tu carita recién afeitada, tu vocecilla de miel, tu camisa tan bien planchada y tu chaqueta de El corte inglés y se me ponen los pelos de punta. Porque hiela comprobar que los violentos de esta sociedad no son únicamente esos tipos lunáticos que graban vídeos amenazantes donde aparecen pertrechados de negros pasamontañas, capuchas, velos, barbas pobladísimas y metralletas. Hay también violentos, como tú, que gastan un aspecto de yerno ideal o de empollón de la clase. Hay violentos, Pablo, que ejercen una violencia más difícil de apreciar, una violencia que parece inocua y que por eso mismo es más inicua, una violencia revestida de normalidad, porque se ejerce desde el poder, y que es la que tú representas.

Solo a un pirómano se le ocurriría comparar el final de Puigdemont con el de Companys en un ambiente tan caldeado. En lugar de calmar a esas masas enardecidas y presas de furor nacionalista –de uno y otro color–, tú te dedicas a avivar a la fiera con la metralla de tus palabras. Cuenta Paul Preston que la rebelión de la Generalitat que Companys llevó a cabo en el 34 con la declaración del estado independiente de Cataluna “dentro de la República Federal de España” fracasó porque este se negó a armar a los trabajadores. Su moderación –continúa el historiador– fue pareja a la del general Batet, lo que sirvió para evitar un baño de sangre y, también, para provocar la ira de Franco, que había enviado tropas de la Legión Extranjera y buques de guerra dispuestos a bombardear la ciudad.


Mira por dónde la historia, mutatis mutandis, se ha vuelto a repetir, porque el muy poco honorable Puigdemont ha desarmado con su gatillazo soberanista a los trabajadores de la CUP. Y eso parece ser que ha cabreado también a toda esa derecha cavernaria que está sedienta de represión. Como tú, Pablo, francamente, que desde los algodonosos micrófonos de Génova te dedicas a azuzar a los militares mientras un hilo de saliva verde te mancha la camisa nueva