LA PIQUETA

QUERIDO REY DE ESPAÑA

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Apenas Su Majestad hubo acabado de soltar el prenavideño mensaje por la tele cuando ya la jauría izquierdosa de este país de abeles (los menos) y caínes (los más) estaba lanzando contra su inviolable persona mordiscos, pullas, trompazos y dentelladas a granel. “Ladran, luego cabalgamos”, fue lo primero que debió pensar el Jefe de la Casa Real. Como vivimos tiempos de premura y crispación, además de una excesiva libertad de expresión –que no de pensamiento–, la inmensa mayoría de los ataques que ha recibido se caen por su propio peso, dejando a las claras que no han sabido comprenderle, Señor. Y eso que no hace falta ser un perito en lunas democráticas para darse cuenta de que por primera vez en muchos años su Majestad ha salido en defensa de los más vulnerables. Pero de desagradecidos, ya sabemos, está el mundo lleno.


Porque sus palabras en defensa de la Constitución -duras como rocas metamórficas- lo han convertido en el más avezado fustigador de la actuación que los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado realizaron en toda Cataluña el domingo 1 de octubre. Solo la presbicia y el astigmatismo de la sectarísima izquierda de este país pueden negar este hecho. Yo, por mi parte, me siento muy orgulloso de un monarca que ha salido a exigir el cumplimiento íntegro de la Carta Magna, pues, como muy bien dijo, “han quebrantado los principios democráticos de todo estado de derecho y han socavado la armonía y la convivencia en la propia sociedad catalana”. La fratría unipodemista no ha querido ver con su chatura mental el alcance verdadero de una afirmación que no culpaba únicamente a las autoridades catalanas.


Y es que es muy evidente que con esta frase tan sentenciosa Su Majestad también estaba aludiendo a varios artículos de la Constitución, en concreto al 10 (“La dignidad de la persona, los derechos inviolables que le son inherentes […] son fundamento del orden político y de la paz social”), al 15 (“Todos tienen derecho a la vida y a la integridad física y moral, sin que, en ningún caso, puedan ser sometidos a tortura ni a penas o tratos inhumanos o degradantes…”), al 20 (“Se reconocen y protegen los derechos a expresar y difundir libremente los pensamientos, ideas y opiniones mediante la palabra, el escrito o cualquier otro medio de reproducción”), al 21 (“Se reconoce el derecho de reunión pacífica y sin armas. El ejercicio de este derecho no necesitará de autorización previa”), y a ese artículo 50 tan disneymente enternecedor en su defensa de la protección de las personas mayores (“Los poderes públicos promoverán su bienestar mediante un sistema específico de salud, vivienda, cultura y ocio”). Ha tenido Su Majestad que salir a reprender a esos poderes públicos que con sus cachiporras no estaban promoviendo el bienestar de, por ejemplo, esa señora de aspecto tan venerable -pelo blanco y sangre roja- cuya imagen ha recorrido medio mundo.


También, por otra parte, es de agradecer que Su Majestad haya reparado en la “conducta irresponsable” que puede “poner en riesgo la estabilidad económica y social de Cataluña y de toda España”. Ya era hora de que se denunciara con la severidad con que Su Majestad lo ha hecho el incumplimiento de los artículos 31 (“Todos contribuirán al sostenimiento de los gastos públicos de acuerdo con su capacidad económica mediante un sistema tributario justo inspirado en los principios de igualdad y progresividad…”), 35 (“Todos los españoles tienen el deber de trabajar y el derecho al trabajo…”), y 47 (“Todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada”).


Para despedirme, y en humilde pago a su regia figura, quiero dedicarle, como no podía ser de otra manera, una octava real de Juan de Mena:



Al muy prepotente don Juan el segundo,

Aquel con quien Júpiter tuvo tal zelo,

Que tanta de parte le fizo del mundo

Quanta a sí mesmo se hizo del çielo;

Al grand rey d´España, al Çésar novelo,

Al que con Fortuna es bien fortunado,

Aquel en quien caben virtud e reinado;

A él, la rodilla fincada por suelo.