REFLEXIONES, DESAHOGOS Y ALGUNA CONFUSIÓN

LA NECESIDAD DE SER OPTIMISTAS

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Miradas


Tengo unos amigos, de los de siempre, de los de toda la vida, con los que últimamente solo hago discutir de política. Nos peleamos por los temas de actualidad, algunos de ellos de lo más inconsistentes, y por otros asuntos de más solidez intelectual. En estos debates estoy empezando a reconocer dos cuestiones que me parecen de más enjundia y que me gustaría comentar. La primera es la radicalización de las posiciones políticas personales de cada uno, que hacen que en ocasiones seamos muy duros los unos con los otros. Es evidente que es fruto de los tiempos en que vivimos, a los que ya dedicaremos otro momento. La otra cuestión es -sobre la que me gustaría reflexionar un poco-, la mirada que tenemos sobre el mundo que nos rodea y la perspectiva con la que abordamos lo que nos pasa.


Primero me gustaría dejar claro que mi intención no es escribir un artículo sobre coaching o sobre motivación, que ahora está tan de moda. Tampoco pretendo dar el peñazo ni quedar de pedante filosófico. Si no lo consigo, pido disculpas de antemano.


Es evidente que la mirada con la que uno mira el mundo está muy condicionada por circunstancias personales y el contexto en el que uno vive. A un niño africano que vive en condiciones de esclavitud y que es obligado a trabajar desde que tiene seis años, en contraposición con un niño de su misma edad que en Europa está escolarizado y que tiene sus necesidades básicas cubiertas, no le podemos pedir que tenga una perspectiva de su vida y de su futuro absolutamente optimista o amable.


Pero, salvando está cuestión, casi antropológica, y teniendo en cuenta las similitudes generacionales y de posición que me unen con estos amigos que le les comento, creo que podríamos fijar una posición.


Se podría pensar que hay dos formas de abordar las circunstancias que nos rodean. La primera sería la que defendía el ex presidente Jose Luis Rodríguez Zapatero, que planteaba ser optimista antropológico, que era, como ser cristiano, pero de manera laica. Esta posición nos pedía confiar en la bondad de los hombres, con un poco de candidez. Posiblemente esta idea era herencia de los enciclopedistas de la Revolución francesa, que es de donde le podría venir al presidente su apego a los derechos de ciudadanía, que tanto empeño puso en mejorar. La segunda postura, antagónica a la primera, es la que nos planteaba el escritor portugués José Saramago. El pesimismo realista de Saramago hablaba de que los únicos que están interesados en cambiar el mundo, para mejorarlo, son los pesimistas, porque los optimistas, según el escritor portugués, estarían encantados con el mundo en el que viven y no tendrían interés en cambiarlo. Esta visión de Saramago se sitúa en un ateísmo muy asentado intelectualmente y, posiblemente, nace también de una mirada muy descreída del mundo después una larga experiencia.


Alguien podría pensar que solo le vamos a prestar atención a esta dicotomía, y de esa manera favorecer los extremos ideológicos. Pero no. Estoy empeñado en defender la moderación y los caminos intermedios y traigo una opción que creo muy relevante: la del filósofo E. Lledó. Decía el profesor Lledó: “hemos tenido gobernantes demasiado optimistas, pero el optimismo siempre es necesario. No es verdad que el hombre sea un lobo para el hombre. ¿Somos así, malos?” Y sigue diciéndonos Lledó: “No, somos buenos, como nos recuerda la figura de la madre. El impulso amoroso en la historia humana es muchísimo más poderoso que el impulso maligno”.


Por tanto, y para terminar, les digo a mis amigos que creo que es evidente que necesitamos una mirada crítica y dura para analizar lo que nos pasa e intentar cambiar las realidades que construimos como sociedad. Pero también es imposible obviar que si esos cambios no lo hacemos desde una visión positiva y optimista (a los que tenemos hijos no nos queda otra), es imposible que lleguemos a las metas deseadas. Conviene huir del odio, de la rabia, de la radicalización, del rencor, del resentimiento y de las ideas excluyentes y hacerle caso al poeta Benedetti:


“...defender la alegría como un derecho

defenderla de dios y del invierno

de las mayúsculas y de la muerte

de los apellidos y las lástimas

del azar

y también de la alegría.”


O como dice de manera mucho más prosaica en este caso Joaquín Sabina: “Hay que ser feliz, aunque sea por molestar”