SALUD Y AMORQUÍA

CATALUÑA: DESPUÉS DEL 1-O

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Miguel es el hijo de mi buen amigo Javier Martín, gran profesor de matemáticas y mejor persona. Miguel es un niño inquieto e inteligente. El 1-O al encender el televisor fue corriendo hacia su madre y le anunció: “¡Mamá!, España ha echado a Cataluña de España!” Si la mirada inocente y sin filtro de un crío de siete años, puede ver lo que muchos adultos no, tenemos un problema. No por el crío, pues al fin y al cabo los niños nunca mienten, sino por un importante sector de la sociedad que niega o disculpa la actuación represora de la policía y del Estado. Las imágenes lamentables del pasado domingo no son propias de un país que se dice democrático y no porque se repartieran muchas ostias –más repartió Cifuentes en Madrid en los años de las movilizaciones pos 15M o en los años ochenta el gobierno de González con la reconversión industrial por ejemplo-, sino porque contraponer un antidisturbio frente a una urna o gente que quiere echar un trocito de papel en una caja de plástico no solo es ridículo, sino obsceno y vergonzoso. 


Entre muchos, lo que ocurrió el domingo, si no resulta motivo de regocijo, sí lo es de beneplácito por cumplir con la legalidad. Pero, me pregunto: ¿así se quiere imponer un modelo de Estado como el que tenemos desde 1978? ¿Así se quiere llegar a un entendimiento con un importante sector de la ciudadanía catalana? ¿Es ésta la manera idónea de tender puentes? En estos días las redes sociales han echado humo y me ha entristecido ver cómo gente cercana a mí hace gala de su catalonofobia llamando al boicot de productos catalanes –aunque esto viene de antiguo-, a aplicar el artículo 155, a caer en la descalificación pura y simple únicamente por ser independentista o, ya en el extremo, colgar vídeos de manifestaciones españolistas en la que se grita contra Cataluña, mientras se añoran tiempos pasados de camisa nueva y cabra de la legión. No sé, pero esta actitud me recuerda a la del maltratador y la maltratada y del ni contigo ni sin ti; desde su perspectiva, no creo que sea la mejor manera de unir a la gente bajo el paraguas de la Constitución del 78.


Uno de los argumentos más falaces utilizados por este perfil ideológico es que la actitud de la Generalitat lo que hace es dividir a la gente. Vamos a ver, la sociedad ya está dividida en clases sociales y en el momento en el que hay una persona que cobra 600 euros al mes y otro cien veces más, ya hay separación entre las personas. Los intereses, las preocupaciones, el modus vivendi, ya son diferentes. Y sí, qué duda cabe que en Cataluña la gente se posiciona en favor o en contra de la independencia, pero la división principal de la sociedad es la de la clase y ese debiera de ser el debate nuclear. Por desgracia en este asunto hay poco de lucha de clases –al menos de manera evidente- y bajo una misma bandera nos podemos encontrar a la burguesía corrupta de Convergencia, a anticapitalistas de la CUP o al lacrimógeno Piqué. 


Tan amplio espectro se ha cohesionado para saltarse la legalidad y articular un movimiento de desobediencia civil. Y está bien, porque la desobediencia civil es un arma para luchar contra el espejismo de la justicia de las leyes, para cambiar la sociedad y para mostrar que no hay marco jurídico escrito en tablas de piedra. Nos lo enseñó Thoreau y nos lo mostraron Gandhi o Luther King entre otros. Sin embargo, cuando ves que gran parte de ese movimiento de desobediencia civil no se articula para una mejora social y económica de la sociedad, para acabar con el austericidio o el no futuro al que nos conduce cada vez más el sistema, sino para la independencia de Cataluña, me cunde el desánimo. 


Puedo entender que muchos quieran desconectarse de un Estado con un régimen agotado, pero cuando me acuerdo de cómo se trataba a los diputados del Parlament en el 2011 a los que se les gritaba “No nos representan” y cómo se trata ahora a los Puigdemont y su comparsa, no puedo evitar pensar que se ha retrocedido. Porque hay mucho de emocional en todo este asunto y no se ha hablado de qué tipo de República catalana se quiere y me temo que muchos independentistas se sentirían frustrados si llegado el caso, el nuevo Estado no fuera otra cosa sino una copia del corrompido que antes tenían.


Por último, si alguien sale reforzado de todo esto es Mariano Rajoy. Desde diferentes sectores, incluida la monarquía y el propio PP, se pide diálogo. Y habrá diálogo. No obstante, éste será para que Rajoy tras un paripé inicial pida ser secundado en sus acciones por todos los grandes partidos. Tensará la cuerda, no lo logrará y convocará elecciones generales. Arrasará. Y si no obtiene mayoría absoluta, ya se apoyará en la muletilla naranja, que le permitirá una cómoda legislatura. ¿Y qué hará con Cataluña? Los aburrirá y se limitará a decir no, a aplicar la represión en un Estado cada vez más autoritario. Conseguirá vencerlos, como lo hizo con todo el movimiento 15M, porque Mariano es corredor de fondo y, al contrario que las asambleas, los Rodea el congreso o el movimiento de desobediencia civil catalán, él no se cansa. Al final, tendrá un país como Dios, a su imagen y semejanza, ávidos lectores del Marca, cuyo patriotismo de partido de fútbol les lleva por la senda reaccionaria de normalizar el franquismo, contemplar complacientes el autoritarismo y aplaudir la represión. Ya hemos visto un avance. Negras tormentas agitan los aires.