SALUD Y AMORQUÍA

CATALUÑA: CORRUPCIÓN Y PADRES DE LA PATRIA

|


Catalua


Hace unos años, cuando Pascual Maragall era presidente de la Generalitat, éste, en un rifirrafe con el líder de la oposición, el convergente Artur Más, sacó a relucir la trama del 3%. Fruto del calor del debate, Maragall dijo lo que todo el mundo sabía y nadie se atrevía a verbalizar. Esto era, que Convergencia cobraba comisiones del 3% por la adjudicación de cualquier concurso público. En una típica pirueta orwelliana, esa acusación no quedó registrada en las actas del Parlamento catalán y tras un revuelo inicial de apenas unos pocos días, todos los partidos de dentro y fuera de Cataluña y todos los medios de comunicación de Barcelona y de Madrid, cubrieron con el manto del silencio aquella acusación del entonces president.


No sé si Ortega tenía razón en que no había diferencias notables entre los catalanes y el resto de los habitantes de las Españas, pero en algo sí que nos parecemos y es en la corrupción de los políticos y en el intento de enfundarse ante sus corruptelas en la bandera de turno. Lo hace el Partido Popular en Madrid y Valencia, lo hace el PSOE en Andalucía con su andalucismo españolista y por supuesto lo hace Convergencia. Jordi Pujol, al que le gustaría ser recordado como el padre de la patria catalana y no como lo que es él y su familia –Alí Babá y los cuarenta ladrones-, es un claro ejemplo. Así, fueron muchos los que cegados por el fulgor de la estelada afearon la conducta de gente que increpó a Pujol y a su señora esposa por la calle cuando se destapó el escándalo de sus cuentas millonarias en Andorra. Todo se reducía a una persecución de este prohombre por su ideal catalanista. Y es que, no lo dudemos, existe un interés en determinados sectores económicos y políticos cercanos a lo que fue Convergencia en defensa de la independencia. Ésta es su tabla de salvación si no quieren ser condenados a la irrelevancia y de paso asegurarse la amnistía por sus miserias y su acopio de cuentas en paraísos fiscales a costa del erario público.


Porque, sí, el movimiento independentista que mueve a Cataluña, también –es distinto- el movimiento sobre el derecho a decidir, viene de abajo. Las razones son múltiples y diversas y puede que contradictorias, pero por citar algunas: el ninguneo con el Estatut, la catalanofobia alentada por los sectores reaccionarios del estado y los medios, la búsqueda de una solución desesperada a la crisis que no pase por Rajoy y sus ministros, el cerrojazo a buscar un encaje distinto a las relaciones entre Cataluña y el resto del estado, el hartazgo por el régimen del 78 y la crisis de legitimidad en la que se hunde lento pero irremediablemente… No obstante, dicho movimiento ciudadano que en estos días de represión se agarra como puede a la desobediencia civil corre algunos peligros importantes. El primero y más evidente es la propia idea que sustenta a este movimiento ciudadano: el nacionalismo. Los nacionalismos se entienden frente a otros nacionalismos lo que los ayuda a retroalimentarse. Así por ejemplo el catalán lo hace frente al español y el español frente al catalán, pero corre el riesgo de caricaturizarse a los individuos que supuestamente portan las esencias de cada nación. Valga el ejemplo con los mastuerzos que han ido a despedir a los efectivos de la Guardia Civil que se dirigen a Cataluña. 


No todos los que habitamos más allá de sus fronteras comulgamos con semejante despropósito digno de la España negra y nuestra idea de país va más allá de la cabra en el campanario, la indisolubilidad de la patria y/o la sacrosanta Constitución. El segundo es que los amigos del 3% acaben capitalizando el movimiento y convertidos en ministros y padres de la flamante república catalana. Para ello, no hubiera merecido viaje con tantas alforjas.