CARTAS DESDE AUSTRALIA

SURCANDO EL NORTE

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A los diez minutos de comenzar María a conducir por primera vez en el viaje la goma de la rueda delantera izquierda reventó. María notó algo extraño en primera instancia, a los dos segundos le corroboré que yo también podía apreciar que algo había cambiado en la marcha del coche. Diez segundos más tarde María reducía velocidad mientras dicha rueda solo tocaba ya el asfalto con la llanta.


Paró la furgoneta en el arcén de tierra y un minuto después yo hacía gestos a otra furgoneta que pasaba: nosotros no teníamos gato (ahora ya sí) para levantar el coche mientras se cambia una rueda. Otro minuto más tarde un coche de policía hacia su aparición. La escena lo cogió un poco desprevenido ya que todo había ocurrido metros después de una curva. De todas maneras las curvas no son muy acentuadas en lo que en Australia se llama una autovía, una carretera sin separación de sentidos, lo que en España sería una carretera de provincias. Lo que más me llamó la atención, en realidad, fue que era la primera vez que veía un coche de policía en la carretera en casi diez meses y miles de kilómetros. Un chico joven y muy simpático vestido con un uniforme azul se ofreció a ayudar.


Al poco, viendo que no teníamos la medida exacta de la herramienta que debía retirar las tuercas de la rueda, el uniformado joven paró a otra furgoneta de alquiler, en la que dos jóvenes franceses pusieron cara de asustados justo al ver al funcionario gesticulando para que pararan. El señor de la primera furgoneta ya se había afanado en colocar el gato debajo del vehículo y levantarlo, el chico francés trajo la herramienta con la medida exacta, la rueda estaba fuera y lo único que yo hice fue sacar la rueda de repuesto de debajo de la furgona y terminar de apretar las tuercas cuando la rueda de repuesto estaba colocada en el lugar que ahora le correspondía. Un rápido “pit stop”, a los veinticinco minutos continuamos a sesenta kilómetros por hora hasta llegar a la siguiente gasolinera donde poder inflar a la presión correcta la rueda repuesta.


Esta anécdota ocurrió antes de llegar al parque nacional de Karijini, después de tantos kilómetros por carriles en éste y una vez completados los alrededor de ochocientos kilómetros que nos llevaron a la ciudad de Broome, donde llevamos a Fanny (sí, nuestra furgoneta se llama Fanny, es casi obligatorio poner un nombre a tu furgoneta aquí) a un médico (entiéndase mecánico) que resultó de escueta elocuencia. Fanny tenía en los alrededores de la rueda delantera derecha un nuevo ruido, y los ruidos novedosos no gustan cuando aparecen en tu coche. Resultó que una pequeña pieza de plástico que va insertada en el tubo del amortiguador se había roto. El mecánico de pocas palabras lo cambió en diez minutos, y por cincuenta dólares estábamos de nuevo en la carretera sanos y salvos.


Broome nos sorprendió. Por supuesto no el pueblo en sí, cuyo centro es una especie de ciudad plató en donde se ruedan películas de spaguetti western, todo cartón piedra intentando embelesar al turista para que saque y vacíe su cartera. Eso sí, sus playas eran hermosas. Cable beach, larguísima y extensísima de orilla a acantilado también, sí nos embeleso y la disfrutamos dos días. En uno de ellos pude surfear cuatro o cinco olas con una tabla de alquiler, aperitivo de lo que espero en el este.


La mañana que llegamos dimos un paseo por la playa, vimos a un hombre desnudo y recordamos que habíamos leído que había una parte de esta playa que era nudista. A los diez minutos observábamos, tirados bocabajo en un charco que la marea había olvidado al bajar y como Dios nos trajo al mundo, a un pececillo que se escondía debajo de una roca cuando nos movíamos y que salía a observarnos cuando nos pensaba distraídos. Esa tarde yo correría un rato por un carril entre las dunas y por la extensa orilla viendo el atardecer, el sol cayendo sobre el mar, y docenas de personas repartidas por la arena en pequeños grupos, relajados, en armonía.


Broome fue para nosotros básicamente esta playa, su parque de césped sobre el acantilado donde ver el siguiente atardecer y donde hacer picnic, sus duchas gratis y el parque industrial cercano a donde nos dirigíamos una vez cenados para solo tener que dormir. También dimos un paseo por el centro comercial que era el centro del pueblo de cartón piedra y estudiamos, en la oficina de turismo, la posibilidad de tomar un tour por las Kimberlys, una enorme extensión de tierra salvaje que promete aventura y paisajes inolvidables -pero en el que se hace más necesario que nunca un portentoso cuatro por cuatro-, como algunos otros aquí en el norte, como Karijini. Nada es barato en Australia, y no esperábamos que los tours lo fueran; viendo el precio decidimos que las kimberlys estaban fuera de nuestro alcance por ahora, la próxima vez en Australia tendremos que cruzar esa desafiante y extrema región.


Continuamos carretera al frente, algunos días dormimos en los apartaderos preparados para tal efecto, pasamos por algún pueblo y si no hay mucho que ver continuamos. Entonces llegamos a Katherine, y sus coquetas termas nos sorprendieron gratamente. Unas pocas piscinas naturales de agua caliente procedente de dentro de una roca justo al lado la primera poza, observé como el agua brotaba de dentro de la roca con la resignación del pensar: de aquí sale el agua, así, sin más… para poco más adelante en mis pensamientos contestarme: claro idiota, así nacen los ríos, no hay más.


Parecía que la naturaleza ofrecía poco más aquí, así que pusimos rumbo a una garganta que lleva el mismo nombre del pueblo, pero nos perdimos, debimos haber pasado la entrada. A veces los despistes y errores están ahí para propiciar algo mejor; un rato después paseábamos y nos bañábamos en unas piscinas de río impresionantes -Edith Falls- bajo unas cascadas espléndidas, otra verdadera absoluta maravilla de la madre naturaleza en este pedazo de tierra que nos está malacostumbrando, haciéndonos pensar que estas joyas son algo corriente, cotidiano, cuando en realidad caben pocas palabras para expresar detalles acerca de su belleza.


Los días pasan rápidos, pero la mochila de recuerdos inolvidables va pesando, ya es difícil recordar lo que hicimos antes de ayer, y si realmente fue ese día o algún otro, es una confusión deliciosa. Eso es a lo que hemos venido, a experimentar, a crear emociones nuevas y a observarlas, a dejar que la madre tierra nos sorprenda. Te escribo sentado en la silla de camping, junto a una hoguera, en el parque nacional de Kakadu. No hace nada de frío, en realidad hace bastante calor, y durante el día aún más asfixiante, pero el humo del fuego espanta a los mosquitos, y también hay muchos de estos. Tengo que contarte sobre este parque nacional, esta bendición de tierra y cultura, la aborigen, pero ahora debemos cenar y dormir, el ser un explorador es un oficio que te deja por la noche exhausto, y con una gran sonrisa en la cara, a pesar de los mosquitos.