CARTAS DESDE AUSTRALIA

VIAJE AL CENTRO DE KARIJINI

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Pasamos muchas horas en la carretera, escuchando todo tipo de música: funk, flamenco, hip-hop, rock, samba, salsa… cantamos, bailamos, María dormita un poco alguna vez cuando yo conduzco, comemos, miramos el paisaje, buscamos en el mapa donde estamos y cuanto queda para la próxima parada. El cantante nos invita a soñar: ama, ama, y ensancha el alma:

quisiera que mi voz fuera tan fuerte,

que a veces retumbaran las montañas,

y escuchárais las mentes social-adormecidas,

las palabras de amor de mi garganta.


Los paneles de la carretera nos confirmaban: estábamos llegando al Parque Nacional de Karijini. Según habíamos leído su punto fuerte son los grandes barrancos; al rato pudimos confirmar: cañones de vertiginosos acantilados se derramaban tierra abajo delante de nuestros ojos. En las paredes se puede apreciar perfectamente las diferentes capas de los distintos materiales que forman las rocas. Para intentar que te formes una imagen concreta de lo que se puede ver en la pared te invito a recordar cuando has cortado una tarta o una lasaña; ahí están las diferentes capas de pasta, carne y verduras, bien diferenciadas unas de otras; pues de igual manera y con un poco más de paciencia la naturaleza fue depositando capa tras capa, merengue, nata, chocolate… hasta formar la tarta que es este suelo.


Nada más entrar al parque se anunciaba la primera piscina natural, tanta rapidez nos cogió por sorpresa y nos pasamos la entrada. María consultó el mapa, este prometía: en dos kilómetros estaríamos en un oasis del paraíso. Media vuelta y allá íbamos. A los quince minutos de recorrido por el carril expuse: "se me están haciendo largos los dos kilómetros…" Entonces paramos a hacer fotos a unas montañas de chatas cimas, perdidas en medio de la llanura.


Retomamos el camino, se hacía largo pero qué más daba, estamos de viaje y nada ni nadie nos espera en dos meses, dejémonos llevar. Muy bien, pero los dos kilómetros se están estirando de veras, un tanto demasiado. María revisó de nuevo el mapa, había cometido un pequeño error de cálculo: había confundido carreteras y carriles, el camino de tierra por el que íbamos recorría veintidós kilómetros. Eso es el primer tramo, seguía otro de treinta y, finalmente, otro que nos dejaba al borde de la garganta de, ahora sí, dos kilómetros. Un pequeño fallo lo tiene cualquiera y en un par de horas ya estábamos llegando al barranco.


Resultó que eran las pozas y grietas para las que se necesitaba recorrer más kilómetros de camino de tierra y baches, así que resultó bien quitárnoslo de encima lo primero, lo demás ya sería pan comido, sobre todo teniendo en cuenta que durante al menos veinticinco de esos cincuenta y cuatro kilómetros en total, avanzábamos a unos quince kilómetros por hora. Al llegar al estacionamiento de la garganta, todos los cuatro por cuatro que nos habían adelantado durante la travesía estaban allí aparcados, algunos listos para volver, con sus humanos alrededor.


Ahora sí, estábamos allí, frente al enorme cráter que interrumpía una raja gigante que nos daba acceso al río y a unas charcas de ensueño. Otras seis personas se bañaban e indagaban por los alrededores, María y yo dudamos si bañarnos o no al principio, el agua prometía estar muy fría. Pero pronto estábamos dentro de la poza y nadando por entre dos paredes separadas unos dos metros entre sí que formaban un mágico pasillo natural, un barranco de paredes rojizas de las que cientos de telas de arañas colgaban pacientes a la espera de caza.


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En tres días vimos muchas más pozas espectaculares. El suelo de este trozo del planeta está totalmente agrietado, carcomido por el paso de poderosos torrentes de agua, te podías sentir tan minúsculo caminando por el suelo de tales huecos… entonces me acordé de Julio Verne y su Viaje al centro de la tierra. Lo había leído como por casualidad, mi madre lo tenía en casa al haberlo comprado con un periódico en una de esas promociones que intentan promover la lectura, y me había fascinado. Me veía como el protagonista dentro de estas gargantas, era como ese joven al que su tío aventurero y explorador había introducido dentro de nuestro planeta por una cueva islandesa y había encontrado tantas maravillas en el encanto de nuestra madre, me imaginaba a Verne escribiendo y viéndose a sí mismo explorar los paisajes que inventó… si es que los inventó.


Recuerdo una piscina a la que había que bajar ayudado por una escalera de metal que, con muy buen criterio habían instalado, en la que apenas daba el sol un rato al día, cuando se situaba en lo más alto. Una cavidad en el suelo totalmente redonda, como si hubieran presionado desde la superficie de la tierra con un gigantesco cilindro compactando y alejando hacia abajo el suelo, en esta, el agua estaba horriblemente fría, pero habíamos venido a jugar y de nuevo nos encontramos nadando por un corredor de piedra. En otro barranco era necesario atravesar el ´spider walk´ (camino de araña) para llegar a la piscina. Manos y pies presionando las dos paredes para avanzar, debajo de ti el río fluyendo.


En otro barranco conocimos a un señor, nos explicó que el color rojizo de las paredes es debido a que están compuestas de un ochenta por ciento de hierro, él trabajó durante décadas para las minas de los alrededores y sabía bien de lo que hablaba: “algunos trozos de montaña de la zona son excavados y trasladados a China, grandes porciones, para su fundición y posterior puesta a la venta en forma de bienes de consumo”, aseguraba. “Esto trae cuantiosos beneficios económicos al par de familias dueñas de los trozos de montaña, y solo para ellos”, continuó con un tono un tanto agrio.


Tres días sin parar de ver preciosas rajas en el suelo que formaban idílicas piscinas naturales, cascadas de agua pura, era imposible cansarte de ver tanta belleza, de caminar escuchando cientos de aves y pájaros, de observar y quedar hipnotizado por tan esplendida maravilla de nuestra madre tierra. Siempre había otra poza en la que nadar, otro mirador desde el que sentir vértigo.


Una de las últimas grietas y piscinas que visitamos fue “fern pool” , un lugar sagrado para los aborígenes Banyjima, Yinhawangka y Kurruma, que fueron ya hace tiempo expulsados de estos lugares por el hombre blanco. Al llegar podías sentir el impacto de una energía, por supuesto no sabría bien cómo explicarlo, pero creo que todas las demás personas que pasaron por allí en el rato que estuvimos te dirían algo parecido: todos estábamos en silencio, nadie alzaba una voz que disturbara, quedábamos en trance observando el agua caer desde una roca plana formando una catarata que puedes atravesar para ver la charca desde detrás de la cortina de agua. Un agua impoluta, clara y fresca, gente nadando con parsimonia girando la cabeza, incrédula, absorbiendo o intentando absorber, procurando retener en la memoria la imagen del paraíso: un oasis en el Jardín del Edén en el que reírse por dentro a carcajadas de la vida moderna, del trabajo, del querer más, de demostrar a los demás ser algo que no soy, del dinero… de tu propia ridiculez. De alguna manera esa piscina estaba allí intentando despertar a la mente social adormecida, con las palabras de amor de su garganta.


Porque todo eso también lo vi allí en el lugar sagrado de la charca del Jardín del Edén, como sabes, el viaje no es solo para ver lo que hay afuera, es también un viaje a mi interior, y al igual que Julio Verne, espero llegar al centro de mi tierra, de mi alma. Creo haberlo atisbado alguna vez, en momentos de certeza, y sé que allí me espero, paciente, con una sonrisa en la cara, esperando ver la misma sonrisa de vuelta.


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