ÉCHAMELA QUE TE LA ECHO

A TODO Y UNA VEZ

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Bunker


A todo y de una vez. Estaba decidido. Apostó por él. Revisó el apego. Nada le confería. Al menos en aquel búnker tenía todas las certezas de que la vida, sería por período finito, un movimiento de traslación ajeno a su propio eje. Era lo único que tenía o lo único que le iba a comprometer. Su propia vida. Una renuncia expresa. Lo que le pertenecía. Lo indispensable. El autoboicot reafirmado por la causa. Turba de buena mañana. Impersonales compañeros de estancia. Sonidos huecos a través de arrastres de silla. Miradas vacías desatendidas. La clausura conformada en brocal de pozo vacío para llenarse de una solución yodada. 


Y todas las conclusiones habían encallado en un lugar muy próximo a la costa de una región fronteriza de sí mismo. Salvado en su propio naufragio. Lejos de lo que reportaba a su propia identidad. Sin musas revoloteando, a tiempo parcial, prestas de atención y cuidado. El cisma de su voluntad. El recorrido de una sonda lanzada para alcanzar la altura necesaria para topografiar la distancia de su miedo. No lo encontró por más pies de altura superados.


Quiso renunciarse, por ese tiempo prudente. Por hallar la manera exacta de expresar las cosas: “intelijencia”. Su momento. Echar en teclado roto todo lo somatizado desde tanto tiempo. Girones de sí mismo descubriendo, epidermis emocional al fondo, muy adentro, un poema encadenado, desertor, homicida. 


Mañana regreso a la misma hora, en este mismo lugar, no te falles.