CARTAS DESDE AUSTRALIA

EL COMIENZO DEL FINAL

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El viaje final ha comenzado. Son las siete de la mañana y te escribo sentado en una silla de cámping mientras los pájaros cantan en el parque nacional de Karijini, en el noroeste de Australia. Vimos amanecer hace un rato. Desde que tocamos carretera comenzamos a vivir al ritmo de la tierra, poco después del atardecer nos vamos a dormir, poco antes del amanecer nuestro cuerpo despierta.


Hace cinco días que dejamos atrás Coral Bay y la vida rutinaria. Y han pasado tantas cosas en tan poco tiempo. Me gustaría contarte con detalle cada lugar que hemos visto, cada emoción que cada espacio crea en nuestro interior, pero entonces estaría aquí sentado horas, y hay demasiado ahí afuera como para perdérselo, debo recabar nuevos paisajes y sensaciones para poder contártelas, ten paciencia.


Comenzamos el viaje con nuestra última escapada a Exmouth, por fin íbamos a bucear el tan laureado Navy Pier y digo íbamos porque María, con un resfriado bastante feo, no podía ´ecualizar´, entiéndase liberar el aire por los conductos de los oídos al taponarte la nariz, cosa fundamental para que no te explote un tímpano según bajas algunos metros bajo el agua, donde la presión va en aumento. Así, tan solo Alanah, que nos acompañaba en esta escapada y yo nos sumergimos por una hora en el espectacular mundo subacuático observando el ecosistema que se vive en la estructura de este muelle militar a pocos metros de la barrera de coral.


Las condiciones eran magníficas, ya desde la superficie se apreciaba que la visibilidad bajo el agua sería estupenda, y cinco segundos después de sumergirnos estábamos delante de un tiburón de arrecife de punta blanca que dormitaba recostado en el fondo. La hora siguiente sería pura maravilla: nos deslizábamos suavemente por entre los tubos de la estructura, observamos a tres tiburones wabigon, una especie de tiburón plano, como si de un lenguado gigante con alas y cola de escualo se tratase, con una barba en forma de coral que sobresalía varios centímetros circundando su cabeza; unos animales que imaginaba compartiendo tiempo en este planeta con los dinosaurios. Las morenas que asomaban la cabeza por los agujeros de las rocas poseían cabezas enormes, los peces trompetas, alargados y totalmente amarillos, los groupers liderados por un ejemplar gigante, famoso entre los buzos del lugar, nudibranquios de todos los colores, y por supuesto, mi amigo el diminuto yellow box fish (pez caja amarillo) que nadaba torpemente sin alejarse de la seguridad del fondo; la diversidad de peces en tan reducido espacio me dejaba extasiado, y en éxtasis continuaba dejándome asombrar.


Al llegar a la parte central del muelle, la buzo guía que de vez en cuando se acercaba a preguntarnos por señas si todo iba bien me apuntó hacia arriba: millares de peces se agolpaban en un torbellino como si el banco que formaban estas especies hubiera decidido recrear un tornado para nuestro deleite. Maravillado, continuaba dejándome llevar e instantes después tres tiburones grises nadaban sigilosamente a mí alrededor, o quizás deba ser más preciso: yo invadía su casa. Ya fuera del agua las instructoras nos dejaron saber que eran una familia, el de mayor tamaño, más largo que mi cuerpo con aletas incluidas, era el macho, la hembra casi le igualaba, el “niño” no se alejaba de la vista de sus padres. Después pensé que los tiburones no viven en familias, pero ya era tarde para repreguntar, así que me quedé con la duda, puede que esta especie sí lo haga. Una de las veces que me adentré en su territorio el padre tiburón avanzaba hacia mí delicadamente, como en todo momento hicieron, y casi sin mover un ápice de su cuerpo se deslizaba elegante y parsimonioso mostrando su brillante dentadura, colmillos afilados y capaces de desgarrar un buen trozo de carne, y aunque a decir verdad no me parecieron grandes ni estuve asustado, no pude evitar elevarme un metro en el agua cuando el escualo ya estaba a escasos dos metros de lo que soy. Si yo hubiera decidido alargar mi brazo según él se paseaba por su jardín, hubiera tocado el lomo de ese espectacular animal.


Creo que no debería alargarme mucho más en detalles de aquel buceo que quedará para siempre en mi retina, pero lo que sí te puedo decir es que de nuevo tuve mucha suerte en la experiencia acuática: durante cada uno de los sesenta minutos pudimos escuchar el canto de las ballenas jorobadas, esas que vimos desde el muelle militar a pocos metros golpear el agua con sus poderosas colas y sacar sus lomos a respirar. Por último, y al igual que aquel otro tour que te describí en el que las ballenas y los delfines juguetearon alrededor del barco en el que íbamos, los guías, trabajadores de la tienda de buceo, salieron del agua entusiasmados con lo que acababan de vivir, corroborando que las condiciones fueron especialmente buenas: catorce metros de visibilidad bajo el agua y poca corriente en dicho paraíso subacuático no es algo que se viva todos los días.


Al día siguiente visitamos los toscos valles del parque nacional Cape Range, y no puedo evitar pensar cuando visito estos parajes naturales de Australia que aquí todo es más salvaje, más rudo, más impresionante. También las personas, y ya fuimos advertidos de ello antes de venir a Australia por una pareja de australianos que frecuentaron el restaurante donde yo trabajaba antes de comenzar la aventura rumbo a Oceanía. No quiero que pienses que te cuento esto juzgando, no pienso en términos de si eso es mejor o peor, simplemente es así, los australianos son más rudos y salvajes, y así está bien e incluso puede que sea necesario para adaptarse a lo extremo de estas tierras.


Entonces dejamos atrás la costa Ningaloo, nos habíamos despedido de nuestros amigos con los que compartimos cinco meses, alguno nos hizo llorar después de que tantas veces nos hubieran hecho reír, y ya no podré contarte más maravillas de ese trozo de mar que no hay palabras para describir. Pero no nos preocupemos ni nos pongamos tristes, siempre hay que dejar algo atrás para poder seguir adelante y encontrar nuevas joyas y nuevos aprendizajes, y te puedo asegurar que este continente está lleno de ellas, de verdaderas maravillas naturales por las que ahora mismo divago.


Comencé a escribirte en la silla de camping tras ver el sol salir, a mitad de la carta la dejé, la piel sobre la que el sol golpeaba comenzaba a picar y los barrancos y piscinas del parque nacional nos esperaban. Ahora acaba de ponerse el sol, la franja de cielo que toca el horizonte parece violeta, y rosa, con tonos naranjas y zonas amarillentas, estoy sentado en una mesa de picnic. ¿Recuerdas las mesas de picnic? Sobre una de ellas comencé a escribirte cartas. Esta está situada en un apartadero de la carretera que nos llevará a Broome, un espacio donde unas diez caravanas y un par de furgonetas vamos a pasar la noche, pronto te contaré más.