LAS COSAS QUE NO EXISTEN

LOS PLAYÓFOBOS

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Playofobos


Hola, mi nombre es María Galiana, y hoy voy a hablar con Olepapa de algo que parece que no existe, porque a todo el mundo tiene que gustarle la playa, pero no es así. Somos los playófobos. Hay una tribu de gente blanquita que vive aquí, en esta Andalucía nuestra, que odia la playa, y que estamos hartos de que cuando llega mayo, se ponga la gente a decir: “¡Qué bien! ¡Ya mismo voy a estar en la playa!”. Yo, tiemblo.



Tiemblo, primero, porque me quemo. Y la solución es gastarse un dineral en cremas que te dejan pegajosa y con la cara como un caminante blanco. Y te encuentras de frente con un conocido y no sabes dónde meterte. Y luego se te pega la arena y, como haya mucho viento, te conviertes en la mujer-arena, moviendo muy rápido las pestañas para no desaparecer sepultada.



Y, luego, otras incomodidades que la sociedad playocéntrica ignora, mientras obliga a playear a aquéllos que no la disfrutamos. No puedes llevarte un libro, menos si es electrónico. Ni puedes comer a gusto una tortilla. Quedarte dormido es un deporte de riesgo, porque como se mueva un poco el sol y no alcance la sombrilla, te fríes vuelta y vuelta. Las dunas están llenas de paparazzi y perturbados, y los chiringuitos llenos de gente, y la comida es la que les sobra de los días anteriores y la manipulan los primeros que pasan por allí porque, ¿dónde van a lavarse las manos? ¿A la orilla? En la playa, deberían poner carteles que dijeran: “¿Qué hacen ustedes ahí? Salgan cuando puedan y váyanse a un bar con aire acondicionado, por dios”.



Y los riesgos. Porque mira que el ser humano se ha adaptado a vivir donde le toque y, de todos, el desierto es probablemente el lugar más inhóspito. Pero allí que se desplazan las hordas de personas, niños y pelirrojos -niños pelirrojos incluidos- a la caza de un cáncer de un piel. Y si te metes en el agua, puedes ahogarte, o que te pique una medusa, o que te dé un corte de digestión, o que te golpee en la cabeza una moto de agua, o un tío de ésos que hace patinaje. Y cuando sales, hay que tener cuidado, porque probablemente los heroinómanos han dejado enterradas las agujas en la arena y, seguramente, cuando llegues de nuevo a la sombrilla, si no se la ha llevado el viento, habrá algún mochilero que te haya quitado la cámara de fotos o el i-pad.



Y allí está la gente, quemándose a la parrilla, leyendo bestsellers, cansados y deshidratados, viendo cuerpos medio en bolas que no participaron precisamente en el casting de Los vigilantes de la playa, arruinados por el precio de los alquileres y quejándose porque ha llegado septiembre y en dos días estarán blancos, sólo con el consuelo de que sus compañeros de oficina reconocerán que has estado de vacaciones porque, si no llegas moreno, dónde has estado: "Bueno, pues hasta el año que viene no vuelvo a la playa", se lamentan. Yo en cambio soy como aquel que está feliz porque le está viendo la espalda al Resucitado y sabe que queda menos para la Feria. Veo una nubecita en los primeros días de septiembre y me pongo a tono. Bendito septiembre, hijo, bendito septiembre.



Mi nombre es María Galiana y estaré encantada de volver a colaborar con Olepapa para hablar de Las cosas que no existen, como los viejos que dan caramelos a los niños, la biografía de Bugs Bunny, o el que respira cuando ve en la carretera un guardia civil.


NOTA: Advertimos que las conversaciones aquí reflejadas no son más elucubraciones del abajo firmante, siempre en clave de humor. Cualquier parecido con la realidad se aleja de los cánones de la verdad.


By Olepapa