CARTAS DESDE AUSTRALIA

MARAVILLAS COTIDIANAS

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Tenía muchas ganas de escribirte de nuevo. Dos semanas dan para mucho, o para nada, depende. Tenía ganas de contarte lo poco que nos queda en Coral Bay y comenzar a explorar terrenos extraños cruzando el norte de un continente del que se dice es una isla (como si no todos lo fueran) de costa a costa, comenzando en un desierto, cruzando otros –sí, no todos los desiertos son iguales, aun estando juntos-, para finalmente llegar al bosque tropical que te da la bienvenida justo antes de llegar a la gran barrera de Coral, la barrera más famosa del globo terráqueo. Tenía muchas ganas de contarte las últimas exploraciones acuáticas en este coral, en la barrera de este lado, el occidental, e intentar hacerte sentir la emoción que todos los ´marineros´ que íbamos a bordo del barco “Utopía” en aquella mañana mágica.


Al poco rato de zarpar dejando atrás el muelle ya estábamos nadando y zambulléndonos por entre selvas de corales salpicadas por motas de colores que no paran de moverse. Algunas se agrupan y forman pinturas en movimiento que bailotean por el agua al son que les marca la corriente o sus instintos, quien sabe. Lo novedoso de esta parte de la barrera de coral del oeste australiano son los barrancos que el coral forma: sumergirte atravesando un cañón de coral, explorando las pequeñas cavidades, encontrando una tortuga verde de medio metro dormitando en su cuevita, sentir como el agua te lleva con la corriente, haciéndote saber que estas a su merced y que solo juega contigo, para que te portes bien si no quieres castigo, mirar a tu alrededor y ver toda la vida que se desarrolla en tan precioso ambiente y que ignoramos, que pasa desapercibida cuando miramos este mar desde la orilla o la colina, y decimos: qué bonito el mar… como siempre, en esa situación, la perspectiva humana solo tiene capacidad de ver parcialmente, empañada por lo que intuye, creyendo saberlo todo, tan ignorante en el fondo.


El paseo bajo agua continuaba, la excitación me hacía desear verlo todo y nadaba alejándome y volviendo a reunirme con el grupo, con los ojos bien abiertos. Una de las veces que asomé la cabeza sobre el agua, Alanah, nuestra amiga irlandesa me indicaba que la siguiera con la mano: me llevaba a una roca de coral redonda y voluminosa, y en la oquedad que formaba el exterior de la esfera con la arena del fondo del mar, dos tiburones de arrecife de punta blanca dormían como angelitos.


Surcábamos la bahía vecina a donde se sitúa el pequeño poblado, la de mayor tamaño en toda la costa Ningaloo, donde los habitantes marinos más grandes se encuentran más cómodos. Esperábamos ver ballenas jorobadas; como ya te conté, en esta época del año surcan estas aguas a millares. El capitán del barco divisó un par desde su situación privilegiada en lo más alto del puesto de mandos, allá íbamos, a saludar a un par de ballenas jorobadas bien grandes.


Alcanzamos el lugar, allí estaban, juguetonas y tranquilas, se acercaban a la embarcación un tanto tímidas, mientras tanto y casi sin darnos cuenta otra pareja de ballenas estaba llegando para saludarnos a todos. Se reunieron las cuatro ballenas, cual perros que pasean de las correas de sus humanos se saludaron, quizá incluso se olisquearan el culo entre ellas, y comenzaron a juguetear; y entonces todo comenzó a ponerse incluso más interesante: las dos ballenas que acababan de llegar venían acompañadas de una veintena o treintena de delfines, que exaltados al ver tanta compañía solo hacían que mover sus rabos –siguiendo con el símil perruno- y danzar alrededor de las ballenas. Estas, quizás sintiendo la emoción y exaltación de todos los presentes, tanto los de adentro como los de afuera del agua, comenzaron a rodar sobre si mismas en la superficie, mostrándonos sus panzas blanquecinas y moteadas, a saludar con las aletas dorsales fuera del agua, a zambullirse y a aflorar en la superficie dejando ver sus inmensas colas.


No dudo en describir esta escena como una de las más emocionantes que he visto en mi vida, los alrededor de veinte personas que boquiabiertos observábamos yendo de uno a otro lado del barco te lo confirmarán cuando los encuentres por el camino, pues se podía ver que casi todos llegamos a tener húmedos los ojos en los que dicha coreografía se reflejaba. La excitación del capitán y de los jóvenes trabajadores que cada día hacen este recorrido decía claramente que no es algo que ocurra comúnmente, y el fotógrafo así me lo confirmó más tarde: las ballenas no suelen interactuar tanto ni tan cerca, y en esta ocasión habíamos tenido a dos de ellas paseando delicadamente a un par de metros de la proa del barco. El capitán llamó por radio al piloto de la avioneta, y dijo: “ven a ver esto, tienes que ver esto”. Así, otros dos barcos pronto fueron alertados por la avioneta para que todos pudiesen disfrutar del espectáculo, aunque la mejor parte de la función estaba concluyendo. Entonces dejamos el lugar para que los demás disfrutaran y nos lanzamos en la búsqueda de las mantas rayas.


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Al poco ya nadaba sobre un agua clara mientras observaba a una manta de casi cuatro metros bajo el agua, y en la tercera y última inmersión, los guías me dejarían zambullirme para visitarla y bucear junto a ella los metros que mis pulmones me permitieran antes de tener que volver a la superficie. De nuevo, fueron unos instantes mágicos, a dos metros de tan maravilloso animal, viendo como movía sus alas como un pájaro pero propulsándose en el medio acuático.Terminamos la expedición nadando con algunos tiburones grises de arrecife, lo único que se me escapó en esta ocasión fue el tiburón tigre, que suele medir unos cuatro metros en estas aguas, en las que hay tanta de su comida, que temer un ataque es más ilusorio que lógico.


¿Sabes qué? Todas estas experiencias en la naturaleza me hacen reflexionar sobre el poder que hemos desarrollado los humanos sobre ella, todo lo que se aprende en cuanto al daño que le hemos hecho y estamos haciendo, y la conclusión es que no merece la pena todo ese daño por el estilo de vida actual por el que nos dejamos llevar. Ya sabes, es un tema recurrente últimamente y no quisiera amargarte la lectura extendiéndome sobre ello, pero no podía dejarlo escapar, me gusta reflexionar y aprender y resulta que encontré a un físico y escritor al que encuentro muy interesante cuya opinión es que la ecología moderna, es una nueva forma de expresar la relación indestructible e inequívoca de todo lo que hay en la naturaleza, y que vendría a equivaler a la sabiduría ancestral oriental que de alguna forma y escuetamente se puede resumir en el respeto por todo lo que hay en la naturaleza, por sus ritmos, ciclos y también materia, es el respeto por uno mismo, porque al fin y al cabo, todos somos uno, como Dartañan y los mosqueteros. Desde esta perspectiva, todo hace indicar que simplemente somos microorganismos que formamos un organismo aún mayor, exactamente igual que nuestro cuerpo está formado por microorganismos llamados células, y exactamente igual que el coral está formado por microorganismos llamados pólipos.


Sería estupendo que todo el mundo pudiera observar las rutinarias maravillas que la naturaleza ofrece, como la interacción de las ballenas entre sí, la melodía de sus cantos en el mar, el colorido y formas de los jardines de coral bajo el agua, y que, viendo tan espectaculares aunque cotidianas escenas, volviéramos a dejarnos encandilar por el viento golpeando las hojas del árbol que vive junto a tu casa, el canto de un gorrión, o del renacimiento de la hierba sobre la acera cada primavera. Igual necesitamos ver algo grandioso, fuera de lo común, algo que consideramos lejano a nuestro alcance para caer en la cuenta otra vez, de que la misma belleza de la naturaleza, la magia del ciclo de vida y muerte que nunca para, ocurre tanto en lo grandioso de la lejanía inalcanzable como en la cercanía de lo más cotidiano. Y vivir en ese estado de gracia.


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