CARTAS DESDE AUSTRALIA

TODOS, MUY POCOS

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Todos quieren ser rápidos como el corredor de cien metros, pero muy pocos salen a correr. Todos quieren ser fuertes como el lanzador de jabalina, pero muy pocos tienen su capacidad de entrenamiento. Todos quieren estar delgados, esbeltos, pero casi nadie come de forma sana y ejercita su cuerpo. Todos quieren ser reconocidos por sus méritos, casi ninguno quiere esforzarse.


Todos quieren cocinar la mejor comida, pero ninguno practica el arte culinario, hay quien te lleva a casa comida rápida, un atajo. Todos quieren hablar inglés, o francés, pero nadie tiene tiempo para ir a clases o intentar aprender. Todos quieren saber, pero nadie estudia, ni tiempo tiene.


Todos quieren ser muy inteligentes, pero muy pocos ponen su cerebro a funcionar frente a problemas complicados. Todos quieren que se les reconozca como personas intelectuales, pero muy pocos leen y reflexionan lo leído. Todos quieren tener mucho dinero, pero pocos trabajan duro sin excusarse en los demás.


Todos quieren paz interior, pero la inmensa mayoría se ríe del que medita, o dice no tener tiempo para ello. Todos quieren dar la vuelta al mundo, pero muy pocos salen de los lugares que conocen. Todos quieren soñar, pero pocos siguen sus sueños.


Todos quieren una pareja ideal (que cosa más absurda), aunque casi nadie se preocupa de conocer de verdad a otra persona. ¿A quién le sorprendería, sabiendo que ni siquiera se preocupan de conocerse a sí mismos?


Todos quieren ser felices, muy pocos intentan conocerse a sí mismos, y mira por donde, si no te conoces cómo puedes hacerte feliz. Nos sorprendería quizás, que en el camino a conocernos encontremos la felicidad, sin tener que esperar a la línea de meta.


Todos quieren porque se lo merecen, porque son ellos, los demás piensan igual, y la paradoja no hace más que continuar como la bola de nieve que rueda sobre pradera interminable. Todos quieren ser especiales, sin tener especialidad.


Todos quieren que su equipo gane, pero eso no depende de ellos. Hay cosas que sí dependen de ti, pero para eso no hay tiempo.


No hay tiempo que perder, los días pasan cada vez más rápido, trabajando y trabajando, la fecha de despedida se acerca, es ya inminente. Cada despedida es un nuevo comienzo, nada muere sin estar comenzando una nueva historia, es el yin y el yang, y yo, deseoso de contarte el camino sobre el que desfilaré, dejándome asombrar, comienzo a sentir un hormigueo nervioso en el estómago. Y me hago preguntas, nunca paramos de hacernos preguntas, ¿cómo será el próximo parque nacional? ¿veremos a los cocodrilos? ¿y a los koalas? ¿será verdad que el imponente bosque tropical del noroeste es tan precioso como dicen? ¿y la gran barrera de coral? ¡lo que me cuentan sobre los lugares por donde viajaré! ¿será verdad? Calma, prefiero no crear expectativas, quiero verlo y disfrutarlo sin prejuzgar, y si puedo sin juzgar, puro disfrute.


Todos queremos todo, el paquete esencial que nos ponen delante de los ojos nada más encender la televisión, la fama, la esbeltez, la gracia, la sonrisa infinita, un palacio como casa, la hamaca y el coctel sobre arena blanca bajo palmeras cocoteras… pura ficción, puro dedo acusador que te deja saber que tú no lo has conseguido, que eres nada en esta sociedad. Creo ver en la mayoría de viajeros que me encuentro el querer escapar de eso, de lo establecido, porque todos queremos viajar y ver todo, pero pocos saben de qué escapan. Sí, escapamos, los viajeros escapan de lo ordinario, en busca de algo más, y al no saber qué es ese algo más no podemos dejar de buscarlo y ya el vicio nos atrapó.


Todos quieren viajar, casi nadie sabe realmente como escapar de la monotonía, del asedio de la perfección al que estamos obligados a enfrentarnos, de la amargura de la dictadura del mostrar y demostrar que tenemos, que nos parecemos a la perfección que aparece en las pantallas.

Todos quieren viajar, sin saber que la mayoría de viajeros escapan. Escapan de tener que madurar como dicta el absolutismo social y enfrentarse a esta monótona vida del siglo XXI, escapan de tener obligaciones, escapan de sí mismos y de la familia encorsetadora, que te dice que debes casarte, tener un trabajo fijo y respetable, vestirte de tal manera, tener hijos y ser feliz, como si ser feliz fuera como hacer arroz con leche, como si hubiera una receta para todos.


Y entonces me surgen dudas, todo son dudas.


Todos quieren viajar, y yo ya no tengo claro si escapar es bueno o malo, y decidí no calificarlo, será lo que deba ser, pero nadie me impondrá lo que es.


Viajar es todo lo que Gabriel García Marquez ofrecía en su poema, vestirnos de locos, conocer otra gente es volver a empezar. Y también escapar.


Todos quieren viajar, sin saber que otros muchos escapan de sí mismos al hacerlo, de su pasado y de su futuro, y a veces lo consiguen y viven el momento presente delante de una playa encantadora –aún en un día de viento y lluvia-, un templo ancestral o frente a montañas vertiginosas, y te sientes vivo, muy vivo, y das gracias por estarlo, y no te hace falta más nada, porque sabes con total certeza, que estar vivo es un regalo. Y aprendes, a intentar reproducir, ese estar vivo y ese agradecimiento, e intentas agarrarlo para siempre, hasta que la siguiente tormenta te lleve por delante y traspasando la tormenta te encuentres de nuevo en el ojo del tifón, agradeciendo estar vivo.