SALUD Y AMORQUÍA

PARQUES TEMÁTICOS

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Hace unos cuantos veranos viajé a Florencia. Visitar la ciudad de los Médici, recorrer la plaza del Duomo y subir hasta la cúpula de Santa María de Fiore, contemplar los cuadros de la galería Uffizi o quedarte boquiabierto ante el David de Miguel Ángel no tiene precio. Sin embargo Florencia me dejó un regusto amargo, había algo en la tierra de Dante que recordaba al cartón piedra con el que se adornan muchos de los escaparates de los centros comerciales. ¿Dónde estaban los florentinos? ¿Dónde la gente que vivía en el centro de la ciudad más allá de los pisos alquilados a los que la visitaban? Simplemente no existían. Creo que una ciudad la hacen sus gentes y si los únicos que pasamos por allí son turistas y servicios para los turistas, ésta deja de cobrar vida para convertirse en un parque temático.


Los procesos de gentrificación por los que los centros de las grandes ciudades están quedando desiertos en aras del turismo, constituyen una desgracia para sus moradores, que observan como las tiendas de barrio desaparecen y los alquileres se disparan, siendo empujados en el mejor de los casos al extrarradio. En un estado como el español, donde desde los años sesenta se nos pretende vender el turismo como la panacea y la solución a todos los males, hay que poner el debate sobre el modelo de desarrollo que genera encima de la mesa. Pues las consecuencias negativas que provoca no solo afectan a los centros históricos de las ciudades, sino que sobre todo crea una precariedad laboral que desemboca irremediablemente en la explotación más esclava: salarios bajos, jornadas maratonianas, alquileres prohibitivos y contratos a cuatro horas.


Resulta llamativo que ningún medio se haga eco del éxodo masivo de trabajadores de muchos pueblos de Andalucía, donde el paro es endémico, a las Baleares, especialmente a Ibiza. Encontrar trabajo, especialmente en la construcción o los hoteles, no constituye una odisea como al sur de Despeñaperros, pero para el coste de la vida de un destino turístico como Ibiza el salario es bajo y no son pocos los que comparten vivienda en pisos patera a precios en los que se va la mitad del sueldo.

Y es que con el turismo pasa como con todo en este sistema capitalista nuestro, se busca el máximo beneficio, el mayor rendimiento a la gallina de los huevos de oro, lo que lleva aparejado el que se olviden las necesidades de las personas, en este caso de los habitantes del lugar turístico de turno. Estos quedan relegados a un segundo y tercer plano, ensombrecidos por el verdadero protagonista de todo este negocio: el sonido de la máquina registradora, ése que convierte la realidad en un escenario, en un parque temático.

Hace unos cuantos veranos viajé a Florencia. Visitar la ciudad de los Médici, recorrer la plaza del Duomo y subir hasta la cúpula de Santa María de Fiore, contemplar los cuadros de la galería Uffizi o quedarte boquiabierto ante el David de Miguel Ángel no tiene precio. Sin embargo Florencia me dejó un regusto amargo, había algo en la tierra de Dante que recordaba al cartón piedra con el que se adornan muchos de los escaparates de los centros comerciales. ¿Dónde estaban los florentinos? ¿Dónde la gente que vivía en el centro de la ciudad más allá de los pisos alquilados a los que la visitaban? Simplemente no existían. Creo que una ciudad la hacen sus gentes y si los únicos que pasamos por allí son turistas y servicios para los turistas, ésta deja de cobrar vida para convertirse en un parque temático.


Los procesos de gentrificación por los que los centros de las grandes ciudades están quedando desiertos en aras del turismo, constituyen una desgracia para sus moradores, que observan como las tiendas de barrio desaparecen y los alquileres se disparan, siendo empujados en el mejor de los casos al extrarradio. En un estado como el español, donde desde los años sesenta se nos pretende vender el turismo como la panacea y la solución a todos los males, hay que poner el debate sobre el modelo de desarrollo que genera encima de la mesa. Pues las consecuencias negativas que provoca no solo afectan a los centros históricos de las ciudades, sino que sobre todo crea una precariedad laboral que desemboca irremediablemente en la explotación más esclava: salarios bajos, jornadas maratonianas, alquileres prohibitivos y contratos a cuatro horas.


Resulta llamativo que ningún medio se haga eco del éxodo masivo de trabajadores de muchos pueblos de Andalucía, donde el paro es endémico, a las Baleares, especialmente a Ibiza. Encontrar trabajo, especialmente en la construcción o los hoteles, no constituye una odisea como al sur de Despeñaperros, pero para el coste de la vida de un destino turístico como Ibiza el salario es bajo y no son pocos los que comparten vivienda en pisos patera a precios en los que se va la mitad del sueldo.


Y es que con el turismo pasa como con todo en este sistema capitalista nuestro, se busca el máximo beneficio, el mayor rendimiento a la gallina de los huevos de oro, lo que lleva aparejado el que se olviden las necesidades de las personas, en este caso de los habitantes del lugar turístico de turno. Estos quedan relegados a un segundo y tercer plano, ensombrecidos por el verdadero protagonista de todo este negocio: el sonido de la máquina registradora, ése que convierte la realidad en un escenario, en un parque temático.