NO ES ÓBICE

DE ANÉCDOTAS Y DETALLES

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Nunca me gustó demasiado expresar los sentimientos mediante las redes sociales ni mediante artículos o sistemas de comunicación parecidos, lo que NO ES ÓBICE para que de vez en cuando haya que hacerlo. Y lo hago contando una anécdota que me ocurrió hace unos años en una de mis primeras escapadas a Sevilla, cuando por aquel entonces mantenía una relación con una damisela de aquella ciudad.

Después de un largo viaje desde el exilio mallorquín, lo único que necesitaba era un poco de tranquilidad en mi agitada vida y que mejor manera de encontrarlo con mi amada. Allí se encontraba mi hermano, el coordinador de este periódico (¿o alguien de verdad se cree que yo escribo aquí por la calidad de mis artículos?) y, sinceramente, tiene muchas cualidades pero el detallismo nunca ha sido lo suyo. De ahí mi sorpresa y estupefacción cuando me ocurrió aquella serie de acontecimientos.

Nunca pensé que tendría un recibimiento de este calibre y es algo que siempre recordaré. A mi llegada me había sido ofrecido un piso, pero no solo eso, se me había facilitado una copia de la llave de la casa para el usufructo de ella durante mi estancia en la ciudad. Hasta ahí quizás todo pueda parecer normal, pero una vez que crucé la puerta mi asombro fue en aumento: me quedé “encongelao”. A la amplitud y majestuosidad de las estancias y su diáfana distribución, se le unía su céntrica ubicación a escasos minutos de La Campana. Ella, fanática de la Semana Santa, se quedó entumecida cuando pudo rozar desde la ventana el manto de la Virgen de las Penas. Estaba quedando como Dios.

Pero la cosa no quedaba ahí: las camisas estaba estratégicamente colocadas en el perchero, ordenadas por colores, de más fríos a más cálidos, y los botines perfectamente situados en el zapatero (si me lee alguno del PP, esto no es culpa de la herencia recibida). Aquello era un paraíso terrenal: había comprado mi gel preferido de aceite de argán, soja y manteca de karité y toallitas por si por la mañana el esfínter se descontrolaba. Estaba como los bancos (no daba crédito). Absorto y confundido me hallaba. Me sentía como en casa. Era la seguridad personificada y ella lo notaba.

Pero, hubo un detalle, aquél que hace que todas las cosas anteriores parezcan nimiedades. Cuando abrí el cajón, me encontré un paquete de profilácticos a estrenar, con su precinto de garantía y una nota que ponía, disfrútalos. Desde ese día todo cambió entre nosotros. Le cogí más cariño y, aprovechando qu hoy empieza sus vacaciones y me devuelve la visita, quería rendirle este pequeño homenaje.

Cándido Ruiz, mi hermano mediano preferido.



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