CARTAS DESDE AUSTRALIA

BALLENAS Y PELÍCULAS

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Ndice 40


El otro día vi una película. Un tipo normal, al que el argumento necesitaba presentar como mediocre, tuvo ´la suerte´ de toparse con unas pastillas que le permitían utilizar el cien por cien del potencial de su cerebro, frente al veinte por ciento al que normalmente tenemos acceso, según aseguró el proveedor de las alubias mágicas. Dicho individuo –escritor de profesión-, optó por dejar sus sueños de toda la vida, los de mediocre –me temo que el director quería exponer-, y se lanzó sobre las feroces bestias de Wall Street para comérselas a todas. Ganó mucho dinero en pocas horas, ya se codeaba con las personas importantes de tan ya de por sí selecto grupo. Al final de la película era senador de un estado de los estados unidos de América, con intención presidencial… no sé a ciencia cierta cuál fue el propósito del que creó dicha historia, la enseñanza o moraleja, pero lo que quedó de ella en mi cabeza “ronronera” fue que si te haces super inteligente (como si ya no lo fueras), todos los esfuerzos de tu vida irían hacía la misma causa: hacerte rico económicamente y tener poder sobre otros: el sueño americano. Sincerándome, me parece una de las peores películas que recuerdo.


Mi película estos días es diferente, los químicos de mi cerebro se mezclan azarosamente y el resultado son altibajos emocionales que dan lugar a una intensa ilusión por disfrutar lo que me rodea y lo que me queda por viajar en este continente, seguido de una sensación de hastío por estar tanto tiempo trabajando en la cocina de ese pub, por encontrarme a veces un tanto sobrepasado por hacer algo que no me proporciona satisfacción. Pero no nos engañemos, nadie me fuerza a hacerlo más que yo. Hay un propósito en ello, por lo que uno hace el esfuerzo, viajar desde el noroeste australiano hasta el noreste y entonces bajar toda la costa este hasta Sidney. Al escribir esto último mis receptores cerebrales acogen endorfinas y dopamina, excitándome y motivándome a seguir ese sueño de viajar esos miles de kilómetros. Cuando esas hormonas se dispersan por ahí arriba, la cara te cambia, se ilumina, acabo de percibirlo.


Hay diferentes motivos por los que se viene a Australia con un visado work and holiday, unos vienen a disfrutar de todo lo que ofrece, surf, paisajes hipnóticos, una extensísima y variopinta fauna, fiestas… otros lo ven como una salida laboral en uno de los países con mejores salarios del planeta, y los hay que vienen a trabajar para ahorrar y luego viajar en otros lugares más baratos, lo que les dará mayor tiempo de viaje. María y yo decidimos tirar por el camino del medio y queremos ver la mayoría del continente a la vez que aprovechamos para llevarnos algo ahorrado para cuando salgamos del país no vernos con el agua al cuello. Por ello decidimos esperar un poco más en Coral Bay, y viajar después tranquilamente.


El hecho de que estemos ahorrando no significa que no nos demos nuestros caprichos, hace dos días a esta misma hora estábamos nadando junto a un tiburón ballena de cuatro metros. Un bebé tiburón ballena, que en unas décadas se convertirá en el pez más grande de la tierra llegando a medir unos dieciocho metros. Íbamos a bordo del catamarán de la compañía Ningaloo Discovery en Exmouth, como ya te conté, Ningaloo es la palabra aborigen que designa esta parte del noroeste, la costa Ningaloo. Veinte personas más cinco trabajadores surcábamos las aguas turquesas en un día precioso, nadie hubiera dicho que es invierno. La avioneta que intenta descubrir a estos majestuosos animales se puso en contacto con el capitán de nuestro barco, allá íbamos, en busca de nuestro tiburón ballena. “Prepárense, pónganse los trajes de neopreno, cojan aletas y gafas y vamos a la parte trasera desde donde saltaremos”, las indicaciones de las guías excitaban nuestros cuerpos, estábamos a pocos metros, la localizaron, saltamos y nadamos, allí estaba.


Un tiburón ballena de cuatro metros de largo, siempre acompañado por unos pequeños peces bajo su panza. Nadaba parsimoniosamente, recreándose, con la gigante boca abierta dejando entrar el agua para cribar los elementos, algunos microscópicos, que conforman el plancton, su sustento. Surcaba el agua a un metro de profundidad, no dejan ver su lomo sobre el agua y hay que ser respetuoso y acompañarla de manera cautelosa para no asustarla y que decida ponerse a salvo sumergiéndose donde nosotros no podríamos acompañarla. Hasta cuatro veces saltamos a nadar con ella, parecía regocijarse mientras nadaba en círculos, haciendo que el acompañarla a escasos metros fuera muy fácil y hermoso. Una de las veces que saltamos al agua, dos jorobadas se dejaban ver a cincuenta metros de donde estábamos, quería ir, pero no me dejarían. Entonces, mientras nadaba con mi amigo el tiburón ballena, lo percibí: el cantar de las ballenas jorobadas, su medio de comunicación melódico, la inteligencia de la naturaleza en ese soniquete, miraba al fondo del mar, imposible de ver, perdido en la inmensidad azul, y ese canto amoroso hipnotizaba. Durante varios minutos quedé extasiado: nadaba junto al amistoso tiburón ballena y escuchaba la música de las jorobadas, el canto de sirenas.


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Quisiera tener la capacidad de describir las condiciones de ese día en el mar hasta llegar a que pudieras sentir la brisa del mar en tu cara. La belleza de la luz en esta costa, diferente a la de la costa del sur de España pero igual de evocadora, el calmo mar acompañando perfectamente la aventura, la tranquilidad que da el estar en un lugar remoto, a las puertas de un parque nacional repleto de animales salvajes y en aguas protegidas por la Unesco, los delfines y tortugas que veíamos circular, y sobre todo, lo que más me impactó, las docenas y docenas de ballenas jorobadas que dejaban ver sus lomos soltando estampidas de agua a través del orificio de su espalda. Aprendimos que las ballenas respiran por sus espiráculos, orificios en sus cabezas que deben sacar al aire para recoger oxígeno, no olvides que las ballenas son mamíferos, necesitan aire, de ahí que los tiburones ballenas sean los peces más grandes que existen, las jorobadas y otras especies de mayor tamaño que los tiburones ballena, son mamíferos.


Esos geiseres se dejaban ver por todas partes, podíamos localizar cuatro o cinco parejas –normalmente- de ballenas, en la mayoría de los casos una madre con su cría. Se estima que emigran desde la antártica hacia el norte de Australia entre treinta y cinco y cuarenta mil ballenas jorobadas entre los meses de junio a noviembre, recorriendo once mil kilómetros, para que sus crías puedan sobrevivir y desarrollarse en un ambiente más propicio que el del invierno antártico. Supongo que ahora no sorprenderá a nadie que se vean docenas y docenas en un mismo día, algunas de ellas a escasos cincuenta metros del catamarán.


Una vez en tierra, nos dirigimos al montículo donde se halla el faro de Exmouth desde donde las vistas, en tan beneficiosas condiciones climáticas dejaban embelesado al mejor explorador. Las corrientes oceánicas dejaban surcos de tonalidades azules dibujando una alfombra marítima que asemejaba la paleta de un pintor que busca su azul predilecto, las olas en la playa a apenas cien metros del inicio del montecito estaban siendo surcadas por surfistas expertos y a otros escasos cien metros de los deportistas, dos ballenas bailaban zambulléndose y aflorando a la superficie para respirar, viajando tranquila, pero incesantemente.


También aprendí ese día que las ballenas son mucho más inteligentes de lo que los humanos pensamos. Valga como ejemplo los interminables viajes que deben emprender cada año para dar nueva vida, y como colaboran entre ellas para que los nuevos integrantes del océano sobrevivan: al haber tal cantidad de ballenitas, las orcas –ballenas asesinas- hacen su aparición, hay ballenas jóvenes, comida fácil. Las jorobadas adultas, al percibir su presencia, colaboran entre ellas para proteger a sus pequeños. Suelen golpear el agua con una de sus aletas laterales, advirtiendo a las demás, y se pueden dar docenas de ellas haciendo lo mismo para alertar del peligro. Entonces, se reunirán alrededor de los jóvenes, emitiendo sonidos agresivos, dejando saber a las orcas que plantaran batalla, que no será fácil robarles a sus ´cachorros´.


Así como las ballenas, colaborando, es como los humanos hemos llegado donde estamos, a esta bendita evolución, por eso, me dejó un tanto confundido que el escritor mediocre de la película se embarcara rápidamente en su propósito de enriquecerse en Wall Street inmediatamente después de convertirse en súper inteligente tras ingerir unas pastillas. Me da, que el individualismo y el egoísmo atrapado en la avaricia es algo que se promociona hoy en día como signo de poder, riqueza y triunfo en la vida, y no solo en las películas. Y tú, ¿qué harías si pudieras utilizar el cien por cien de tu cerebro, si fueras súper inteligente? Recuerda, eso sí, que ya lo eres.


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