LAS COSAS QUE NO EXISTEN

EL ATRACTIVO DE LOS PADRES

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Plazaola


Hola, soy Jon Palaoza, y agradezco la invitación a Olepapa para participar en Las cosas que no existen, donde relataré mi experiencia sobre una opinión consensuada, pero que mi investigación demostrará que es ficticia: el atractivo de los padres, es decir, eso de que con un niño o niña en los brazos ganas un par de puntos.

Conocido de que en el norte vas a ligar lo mismo con niño que sin él, me desplacé al sur, donde le pedí prestado un bebé a un amigo por un par de horas, cosa que hizo encantado. Aquí encontré al primer opositor a esta teoría: mi amigo dice que es imposible resultar más atractivo cuando tienes ojeras, mal humor, probablemente un poco de vómito en la camiseta y algún resto todavía peor en las manos y/o en la frente si éste ha sido expulsado a propulsión.

Pese a su convencimiento, como actor conozco que en películas como Un niño grande o en algún capítulo de Cómo conocí a vuestra madre, los protagonistas masculinos utilizan bebés ajenos para ligar con mayor facilidad, así que continué este ensayo para comprobar si un hombre gana atractivo cuando una mujer nos observa atendiendo a una criatura. ¿Por qué si no miles de solteros se cuelgan fotos de perfil con sus sobrinos o con el primer niño que pasa por su lado?

Me desplacé hasta el parque, y tengo que reconocer que las primeras sensaciones fueron buenas. Lucas, el bebé, iba encantado con el paseo, y cualquiera que se nos cruzase nos miraba con ternura. Escenario favorable, apunté. Con otros padres y madres las miradas eran de complicidad, como si compartieras una misión, que no es otra que la de conseguir la supervivencia de estos cachorrillos, aunque mi amigo me previno de que es una mirada de compasión, algo así como 'entiendo por lo que estás pasando, sé fuerte', o de ánimo, algo así como 'ya queda menos, que te sea leve', pero en ningún caso de burla, sospecha o desprecio. Por lo tanto, los prolegómenos eran correctos, pero todavía no habíamos entrado en materia.

Entonces llegamos al parque. Tras un rodeo de reconocimiento en el que Lucas comenzó a impacientarse, divisé sentada a una rubia con pinta de guiri. Ocupé el banquito de enfrente y puse el carrito en el ángulo correcto para que identificase que era un niño lo que portaba, y no un perro, como hemos visto en infinidad de películas. A Lucas me lo habían dejado monísimo, peinadito, limpísimo, por lo que era una pena dejarlo sentado en el carrito. Había que lucir al niño, y ése fue el error. El primer error.

Yo no sabía que un niño, nada más bajarse del carrito, comienza a correr como si no existiese un mañana. Me quedé esperando, pero cuando se me escapaba de la vista y había sorteado por los pelos un par de coches de caballo, me dije que lo mejor era correr y buscarle, fuera a ser que lo perdiese. Aproveché para preguntarle a la rubia, que se había quedado con cara de espanto, si podía echarle un ojo al carrito.

Cambié el trote cochinero por un ritmo más ágil y, al doblar una esquina, encontré a Lucas con pie y medio en el estanque de los patos, gritando ‘a coméee, atos’. Si bien de cintura para arriba se mantenía impoluto, una capa de barro le hacía costra rodilla abajo. Me lo llevé de vuelta al carro para cambiarle de muda intentando que no me enfangase.

La rubia nos estaba esperando y, al vernos, sonrió aliviada, lo que volví a intuir como un buen augurio. Error, de nuevo. El nene apestaba a lodazal, y comencé a limpiarle con unas toallitas húmedas de las baratas que le arañaron la piel, por lo que empezó a llorar y no había manera de calmarle. La rubia se apiadó de mí dando por sentado que no era buen padre, ni proyecto de serlo, y yo venga a dar las gracias en cuantos idiomas conozco, intentando parecer algo más que un figurante en la escena.

Lucas comenzó a calmarse con los juegos de la rubia, y a continuación la trama entró en calma chicha durante unos segundos hasta que, de repente, el bebé continuó con el juego metiéndose el dedo en la nariz. El entusiasmo por su espontaneidad duró unos segundos hasta que la cosa empezó a parecerme una falta de educación que, como tutor momentáneo, no podía consentir. Resolví la grosería con un golpecito en su mano un poco más fuertecito de lo esperado, con la mala suerte de que el niño comenzó a sangrar. De aquélla ya quise escapar pero no había vuelta atrás, mientras Lucas berreaba y ahora la de los diez mil idiomas era la rubia, supuse que intentando llamar a la policía.

Por suerte, encontré la merienda que mi amigo le había preparado, Lucas comenzó a decir "a nene gusta, a nene gusta" mientras devoraba un tarro de uvas y entonces inicié la maniobra de acercamiento a la rubia, confiado en que la tragedia mudase en comedia y, de seguido, en película erótica.

Pregunté a la chica por su nombre, le revelé el mío y el del chaval, y cuando comencé a decirle que el niño no era mío sino de un amigo, prácticamente un hermano, que me confiaba su mayor tesoro porque yo era muy de fiar, y la rubia comenzó a relajarse, miré de refilón a Lucas y advertí que de su pantalón comenzaba a asomar una pasta verdosa que chorreaba carrito abajo, y su carita era tan evidente, que no tuve otra que dejar a la rubia con la palabra en la boca, coger el carrito y salir disparado como una flecha de vuelta a casa de mi amigo.

Y así di por terminado el ensayo, mientras en los veladores las personas normales tomaban cerveza, sin agobios y sin otras mierdas, a los que pronto me uniría para siempre, porque como ha quedado probado, el interés por un padre es igual a cero cuando un niño está cagado, costumbre a la que recurren habitualmente.

Hasta aquí Las cosas que no existen. Soy Jon Palaoza, y volveré en otros capítulos en los que se cuestionará si existe la gente que sopla a las nubes, el lenguaje html, tricornios sin guardias civiles, o el que sabe diferenciar todos los tipos de panes.




NOTA: Advertimos que las conversaciones aquí reflejadas no son más elucubraciones del arriba firmante, siempre en clave de humor. Cualquier parecido con la realidad se aleja de los cánones de la verdad.