SALUD Y AMORQUÍA

UNA SOLUCIÓN PARA CATALUÑA Y PARA EL MUNDO

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Confieso que para la gente que todas las manifestaciones de fervor patriótico no nos despiertan la más mínima emoción, para los que reducimos las banderas a su esencia –trapos de colores-, los nacionalismos nos cuesta entenderlos.


Tenía un compañero de trabajo, buen amigo, que me negaba la mayor y me decía que el nacionalismo español no existía, pero a mí me resulta tan evidente, que es como no aceptar que la Tierra tiene forma redonda.


El tema catalán trae de cabeza a muchos nacionalistas –de España y de Cataluña- que se enfundan la rojigualda con ese paraguas raquítico llamado Constitución o se cubren con la barretina al ritmo lacio de una sardana. Este desencuentro o encontronazo, a menudo lo interpreto como dos espejos colocados uno frente a otro, en el que tu reflejo después de una noche de borrachera te produce vergüenza ajena.


Se podría aceptar la tesis de la desconexión frente a un estado corrupto como el español, con la mordaza puesta y sin un ápice de interés en acabar con la desigualdad social si hubiera síntomas de cambio radical. Resultaría lógico que hubiese gente que no quisiera vivir bajo ese palio. Sin embargo, esa tesis no es muy verosímil cuando se demuestra la querencia de la mayoría silenciosa de Cataluña por partidos que hacen de la corrupción su emblema, con unos mossos de esquadra famosos por su brutalidad y que no ha mostrado la más mínima diferencia con el resto del Estado en lo que a recortes se refiere. Es decir, que la tesis de la desconexión no resulta muy verosímil cuando pretendiendo huir del barco atestado de leones, uno se refugia en la balsa con el tigre. 


Y seguramente haya muchos catalanes que se sientan independentistas o simplemente apoyen el referéndum sintiendo el mismo asco que servidor hacia el clan Pujol –no se puede esperar nada de nadie que al salir de la cárcel franquista funda un banco- y toda la trama corrupta y endémica del 3%. A este espectro de población los invitaría a la siguiente reflexión: el mismo problema que hay en Cataluña lo hay en Madrid, Euskadi o Andalucía y se llama capitalismo; salir de una entidad estatal para sustituirla por otra es igual de absurdo que elegir con qué grillete quieres encadenarte. ¡Qué bien le vendría a Cataluña, al resto del Estado y a este mundo nuestro ese anarquismo que hoy en día se arrincona en unos pocos lugares de este planeta y que en los años treinta hizo de Barcelona su capital!