CARTAS DESDE AUSTRALIA

LAS DUNAS

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Unnamed2 10

Necesito que pasen cosas nuevas. Me quedan aún algunas semanas en Coral Bay y este asiento comienza a quemarme las piernas. Preciso de acción, de ver nuevos paisajes, conducir horas mientras cantamos, preguntarnos cómo será el nuevo lugar al que llegaremos pronto.


Es a lo que venimos, a vivir nuevas experiencias, en eso consiste viajar. Y a aprender, todo lo que los humanos venimos a hacer a este mundo es a aprender. En cierto modo me da pena esa gente que se cansó de buscar y experimentar y que yace en un sofá pegado a un mando a distancia o a la pantalla de un aparato tecnológico. Hay que tener cuidado con los avatares de las redes sociales, hay gente a las que su avatar les ha robado su vida. A eso no hemos venido los humanos a esta forma de vida. Eso no te hará crecer, se aprenden cosas con los aparatos tecnológicos, de eso no hay duda, son valiosísimos. Pero algo dentro de ti sabe de qué hablo. Estar tirado en un sofá demasiado tiempo te marchita, la inacción marchita, y yo quiero florecer, florecer incansablemente.


En esta etapa del viaje toca madurar, al viaje de la vida me refiero. Y estoy floreciendo en la maduración de forma exquisita, me gusta, no me resisto. Llegados a este punto debo hacer una aclaración, por si acaso: madurar no quiere decir tener un trabajo estable y cenar fuera los fines de semana, cuidado, hay mucha gente confundida. Tampoco me resisto cuando me preguntan: hey, ¿te vienes a ver la puesta de sol desde el acantilado?


A ese acantilado solo se llega a través de dunas, y a través de las dunas solo puedes conducir con un vehículo todoterreno. Quien me invitó tiene uno, Craig, canadiense de nacimiento, cocinero, viajero de profesión, nos guiaba por entre carriles de arena. Su conducción era agresiva, el coche se movía de un lado a otro resbalando por las dunas y la adrenalina iba asomando a nuestras neuronas. El conductor se envalentonaba cada vez más y todo mi cuerpo se movía dentro del coche como un flan cuando agitas el plato donde descansa.


El conducir por las dunas es deporte nacional en Australia, al menos en el Oeste, creo que ya te hablé sobre los monstruosos coches todoterreno de anchas ruedas y chasis elevado. Por entre las dunas hay cientos de carriles diferentes, interminables posibilidades, algunas marcas de coche por paredes de arena que cuesta creer alguien se atreviera a subir o bajar en un vehículo. Y todo por pura diversión, porque para llegar a las playas escondidas y remotas está la opción fácil, llana, aunque quizás más aburrida, y los humanos no estamos aquí para hacerlo todo por el atajo fácil. Así, Craig navegaba por el mar de dunas, deslizando el potente Toyota, tomando curvas cerradas tras las cuales una empinada bajada se escondía y que el verme frente a ella hacía que mis ojos se redondearan grandes como naranjas. María e Inma eran dos muñecas de trapo que se bamboleaban en el asiento trasero, agitando los brazos como lo hacía Olivia cuando necesitaba a Popeye. Era inevitable imaginar a los aventureros del rally Dakar que cada uno de enero se embarcan en súper máquinas a cruzar el desierto.


Paramos a divisar el paisaje en un par de puntos de la costa, desde la loma de las dunas, con el océano abajo y al frente, el sol cayendo en busca del agua. Continuamos, Craig quería llevarnos a un sitio específico donde las dunas resbalaban su arena sobre unos delicados acantilados que a su vez descansaban sobre la orilla. Allí ocurrió de nuevo, quedé absorto por unos minutos, observaba el mar al frente, me perdía en su inmensidad, un grajo colgaba del aire con sus alas extendidas, inmóvil, como colgando de un hilo, aprovechando el viento fresco que me daba en la cara volviéndome a recordar: estas vivo, ese es el milagro, ¡qué más quieres!


Volví a reunirme con los chicos cuando comenzaron a llamar mi atención, a nuestra espalda una luna redonda y blanquecina hacía rato que comenzaba a subir en busca de la conquista del cielo: qué grandes amantes el sol y la luna, se ceden el cielo cada día en una compenetración inequívoca, digna solo del amor de aquellos que no pudieron tocarse.


Los últimos rayos del sol desaparecieron bajo el manto de agua, nos giramos a deleitarnos con la luna rellena, harta de luz en el banquete del universo, una agradable conversación nos envolvía, el frío de la noche comenzaba a colarse entre nuestras ropas, la naturaleza llamaba a resguardarnos en nuestros refugios así que antes de que el cielo se volviera completamente negro emprendimos el camino de vuelta.


Nuestro amigo norteamericano volvía a las andadas, cada curva más agresiva, acelerando en la salida, derrapando, como esquiando en la montaña decía, como buen canadiense. Ha pasado muchas veces por estas dunas y ya se conoce el terreno, nos tenía una sorpresa preparada: una bajada que pareciera de noventa grados nos esperaba, durante unos segundos el coche pareció ir sobre los raíles de una montaña rusa con el suelo en frente del vehículo en vez de bajo él, los gritos y risas tras el pellizco en el estómago también recordaron a un parque de atracciones.


Todo esto nos volvió a recordar el dilema máximo de los viajeros en Australia: comprar un coche todoterreno, que te lleve a lugares donde solo ese tipo de vehículos puede llegar, o una furgoneta en la que poder vivir y dormir cada noche donde te pille la carretera… hay quien tiene una cama en la parte trasera de un todoterreno, siendo el caso que solo los asientos delanteros pueden ser usados, no es una mala idea, pero si vas a vivir un año ahí, pensamos que acabaría siendo incómodo. En cambio, la comodidad de la furgoneta, te hace perderte lugares especiales. Sin duda, lo mejor son las furgonetas todoterreno, aunque siempre habría un pero: hay pocas y son carísimas. De todas formas siempre puedes encontrar a alguien con quien compartir gastos de gasolina y atravesar lugares inhóspitos, como fue el caso.


Cuando me encuentro en lugares como ese acantilado, viendo toda esa maravilla alrededor del punto donde me encuentro no puedo evitar decirme cuan maravilloso es nuestro planeta, cuanta belleza abunda en esta naturaleza sabia autoreguladora que fluye de la mano de la inteligencia primaria, entonces me pregunto: ¿Cómo será esta puesta de sol en Angola? ¿Y en la Patagonia? ¿Qué se pensará a siete mil metros de altura en una montaña donde solo se ve blanco? ¿Te imaginas los valles de Nueva Zelanda? ¿Cuál será el mejor lugar del mundo para bucear? ¿Qué sentiría este cuerpo y esta mente paseando por las montañas de Bolivia, viendo la inmensidad de la madre tierra que me hincha el pecho y a la vez me calma en ansia? Entonces, amigo, te das cuenta de que las ganas de descubrir nunca encojen, que siempre van a más, cuanto más viajas, cuanto más vez, más quieres. No hay vuelta atrás: eres un viajero.


Unnamed 188