CARTAS DESDE AUSTRALIA

TIENES QUE VENIR

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“Tienes que venir, es un lugar inexplorado, una de las maravillas mejor guardadas del buceo sino la mejor del mundo”. Con este comentario y con un mapa dibujado en un trozo de papel se despidió un tipo al que acababa de conocer: “te esperaré para el miércoles entonces, tengo tres equipos de buceo en el barco, solo tienes que venir”. No podíamos desaprovechar la oportunidad, ya estaba deseando que llegará el martes para preparar comida y maleta e ir en busca del buceador atrevido que graba videos de este trozo del mar inexplorado para venderlos posteriormente. La incertidumbre nos acompañaba, sabíamos que tendríamos que cubrir veintinueve kilómetros de carril hasta un hostal que sirve también de control: quien quiera llegar a las playas recónditas de la estación Ningaloo debe registrarse en él.


Ningaloo es la palabra aborigen para referirse a toda el área del noroeste australiano, en la actualidad quizás esté un poco más limitada a la zona de mar que da casa a la barrera de coral, llamada costa Ningaloo. Significa agua profunda, aunque la mayoría de la costa que yo he visto te deja disfrutar del coral y sus miles de peces tropicales a solo unas brazadas de la orilla.


El miércoles temprano emprendimos camino los tres, ahora nos acompaña Inma, nuestra amiga valenciana que conocíamos de Fremantle. En la maleta, junto a la incertidumbre, había una gran bolsa de ilusión por bucear en un lugar inhóspito donde nadie bucea, y un hueco para un plan B cabía en los bolsillos del no saber qué pasaría. Así, a los cinco kilómetros de carril la arena de dunas comenzó a aparecer y unos kilómetros más tarde, tras varias intentonas el suelo lo consiguió, la furgoneta se quedó atascada en medio de la nada. Por fortuna, en esta nada pasan algunos todoterrenos cada día. Intentan alcanzar esa maravillosa costa que descansa entre Coral Bay y Exmouth, donde más bella y tranquila la playa puede ser y donde hay varias zonas de acampada libre habilitadas.


Durante los días que pasaron esperando que llegara el momento de salir a encontrarnos en esta aventura, no podía parar de pensar en las sensaciones que producen estos lugares tan preciosos y salvajes. Quería probarlas todas, desvanecerme en el aire, dejar que el viento deshiciera mi cuerpo físico y fundirme con el entorno, soñar ser el ave que vuela mirando al mar para lanzarse en picado a cazar su presa, y envolverme en el agua y su serenidad junto a los peces, persiguiéndolos intentando –cosa imposible- fluir como ellos. Antes de todo eso había que superar la prueba del camino: Inma, María y yo hincamos rodillas en la arena y comenzamos a excavar alrededor de las ruedas atascadas. Por tres veces avanzamos un metro y nuestra casa se estancaba de nuevo cuando parecía que alcanzaría tierra firme, no desesperábamos, nos reíamos de nosotros mismos. Venir a Australia y no quedarte estancado con el coche en la arena es señal de no haber hecho bien la tarea de las aventuras.


Poco más de media hora después del atascamiento estábamos a solo dos metros de la tierra dura, entonces apareció un gran todoterreno tirando de un barco. Tres hombres en sus cuarentas nos sacarían del aprieto arrastrando nuestra furgoneta con su cuatro por cuatro ese par de metros. Fueron muy simpáticos y pasamos un buen rato de risas, eso sí, aún quedaban veinte kilómetros de carril para llegar al hotel, y desde allí, tendríamos que esperar que alguien nos llevara a la zona de acampada en l que nuestro amigo el buzo nos esperaba, a otros veinte kilómetros al norte por carriles salvajes y con ninguna opción para nuestra furgoneta. Nuestros tres héroes nos recomendaron encarecidamente darnos la vuelta y olvidar llegar hasta esa costa, porque quedando dos tercios del camino por cubrir estaba garantizado que nos quedaríamos atrapados en la arena de nuevo. Con resignación, a pesar de haber llamado al hotel para preguntar por el estado del camino, siendo su respuesta que podría ser posible llegar con un coche normal, decidimos que los más coherente era olvidar nuestra aventura en busca del buzo y su mar y emprender otra nueva.


Al rato llegábamos a Exmouth y, dado que nuestra ilusión no había decaído en ningún momento, ya estábamos nadando en playas del parque nacional “Cape Range” disfrutando de la compañía de una tortuga, de un pez para nosotros sin nombre, de mí mismo tamaño y del primer tiburón con el que Inma haya nadado. Su grito al verlo se escuchó incluso teniendo, ambos, la cabeza sumergida bajo la superficie del agua.


Las estampas de la playa en la “bahía turquesa” son de las que solo parecen posibles en revistas de agencias de viajes, las pequeñas montañas rojizas cerca de la costa contrastan con el verdoso azul caribeño del agua. En una mesa con bancos de madera, de esas en las que todo está unido llamadas de picnic e igualita a la desde donde comencé a escribirte estas cartas, comimos cosas simples dándonos cuenta de lo bien que sabe la comida cuando estás disfrutando, donde quieres estar, porque en ese momento parece imposible estar mejor en ningún otro sitio, la mente deleitándose del paraje natural, como aturdida por las endorfinas.


Tras disfrutar de un par de ratos en el agua, era hora de buscar el camping que habíamos visto justo antes de la entrada del parque nacional. Ya estábamos acampados, la tienda montada para Inma y las cervezas frías saliendo de la nevera cada media hora. Allí, nos internamos a explorar nuestra mente, retando nuestra percepción de todo, cambiando la información que nuestros sentidos regalan a nuestro cerebro: este viaje no solo se presta a enseñar los lindos parajes de afuera, de lo terrenal, también es un viaje hacia dentro.


Nuestro ser había absorbido un poco de ácidos que habíamos dejado debajo de nuestra lengua, bajo los árboles, junto a la furgoneta; del otro lado de la minúscula valla que delimitaba el camping dos canguros pastaban tranquilamente, levantando sus cabezas para dirigirnos miradas curiosas cada vez que hacíamos algún ruido más sonoro de lo normal. Se fue haciendo de noche, fuimos a dar un paseo hasta el carril que da acceso al camping, dejando atrás la poca contaminación lumínica para ver mejor las estrellas; no sé mis dos bellas acompañantes pero yo podía ver el cosmos. Podía ver más allá de las estrellas pero todavía no había llegado el mejor momento: de vuelta a nuestro espacio me tendí en el suelo sobre mi espalda, me dejé seducir por el cielo, un manto de estrellas, y yo, lo que de verdad soy, mi consciencia, pudo viajar por el espacio resultando que cuanto más me dejaba ir por entre las estrellas, cuanto más profundo viajaba por el negro espacio que quedaba entre los cuerpos brillantes, mejor se comportaban estos formando un dibujo geométrico: el dibujo que se puede ver a través de un microscopio si observamos un copo de nieve. Sí, ese dibujo típico de un copo de nieve que puede verse en señales de tráfico, un copo de nieve visto desde bien cerca es realmente así, la naturaleza crea formas geométricas perfectas, o, como decía Einstein, nuestra conciencia crea formas geométricas cuando observa la naturaleza de la naturaleza, intentando buscar explicaciones lógicas a algo que quizás esté fuera de nuestro entendimiento. María e Inma no se lo podían creer, pero tuvieron que hacerlo cuando les propuse que dirigieran su atención a un punto negro del cielo, y que viajaran a través de él, todo lo lejos que pudieran: allí estaba el copo de nieve formado por las estrellas, listo para ser visto, si no lo mirabas.


Desde la prominencia de tierra donde el faro de Exmouth está situado se ve una vasta llanura de costa hacia prácticamente todas las direcciones de la rosa de los vientos. Según dicen es uno de los mejores lugares para observar el paso de las ballenas, que viajan al norte australiano en el otoño del hemisferio sur, y en primavera, cuando vuelven a sus congeladas aguas de la Antártida. Siento tener que dejar esta nota sobre la locura de los humanos una vez más, pero me sorprendió a un nivel de dejarme aturdido, de no poder creerlo: a cientos de metros de la costa de una de las barreras de coral más importantes y de mejor calidad de la tierra, donde habitan miles de especies de peces tropicales, en el espacio que ballenas de al menos cuatro o cinco diferentes tipos usan como unión entre sus dos casas donde la comida les espera, justo ahí, en un lugar que dicen tener protegido debido a la importancia de su biodiversidad para la tierra, los humanos estamos perforando la tierra en busca de petróleo. Espero que ahora puedas comprender mi aturdimiento, mi incomprensión ante tal desfachatez. ¿Qué podría pasar si un escape de crudo afecta este Jardín del Edén? ¿Será verdad que la avaricia del hombre no conoce límites?


Es hora de despedirme por el momento, solo quisiera decirte “tienes que venir”, tienes que ir a esos sitios donde quieres que el aire te pegue en la cara y te deje embelesado viendo el paisaje, no tienes que venir aquí, tienes que entender lo que te digo: tú sabes dónde quieres ir y de qué quieres disfrutar, solo tú puedes saberlo, pero ve, debes saber que lo que de verdad deseas encontrar quizás no sea un lugar lejos de tu casa, sino una compañía, un paseo por la montaña, algo que te haga encontrarte contigo mismo; no intentes escapar, pues ese es el viaje: tienes que venir a ti.



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