CARTAS DESDE AUTRALIA

VECINOS

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Un miércoles cualquiera no trabajábamos. Los vecinos, una mujer normal con ojos intensos y verdes, él, hombre adulto de pronunciada barriga y corta estatura me saludaron cuando iba de camino al baño a lavarme la cara. Cundo venía de vuelta intercambiamos unas palabras, nos caímos bien. María y yo entrenamos esa mañana -dos o tres veces por semana lo hacemos- sobre el césped que rodea nuestra furgoneta-casa; esos vecinos no nos quitaban ojo de encima. Al poco el hombre rechoncho comenzó a hacer comentarios: “veo poco ritmo en tu entrenamiento”, “eso es fácil”, “en mi entrenamiento tengo que aguantar esa posición más tiempo”… Resultó ser un bromista.


María y yo seguimos nuestra rutina, mientras desayunábamos, el señor se acercó: “hey, venid a tomaros una bebida luego con nosotros aquí al lado”. “Oh, gracias, iremos a bañarnos a la playa y al volver lo haremos”, contesté. Al volver de la playa le pregunté si la oferta seguía en pie. Así era y ya estaba sentado en el porche de su autobús-casa bebiendo un botellín de vodka premezclado con sabor a piña, uno de los premezclados que tanto éxito tienen en Australia. Los vecinos se llamaban Dave y Kerry y los acompañaba un viajero solitario que hacía veinte años que no salía del suroeste. Paul vive en Yallingap, uno de los lugares que más nos gustó del suroeste australiano, la región conocida por sus vinos de Margaret River.


María se unió a la fiesta y antes de poder darnos cuenta los botellines amarillentos de piña se tornaron azules (de sabor a arándanos) y entonces en verdes de cerveza. Botellín tras botellín fuimos intercambiando información, conociéndonos un poco y al rato ya estábamos riendo como buenos amigos en cuya mesa compartida yacen largas hileras de botellas vacías. El vivir en un camping es bastante curioso, nunca antes había cambiado tanto de vecinos, aún habiendo sido nómada por bastantes años. Ahora los nómadas son los vecinos. El camping cambia de forma, las calles un día se ensanchan, al siguiente llegan nuevas caravanas, coches con barcos, viajeros en furgonetas alquiladas, gente de todo tipo y todos los lugares (de todos los lugares cuyos habitantes pueden permitirse el lujo de viajar) y todo queda saturado como en una favela.


No hemos intimado con todos los vecinos que hemos tenido, ni con muchos, más bien con pocos. Recuerdo con cariño una familia que estuvo un mes justo al lado nuestra. Los padres eran un tanto reservados, pero los niños eran como deben ser, preguntones, curiosos, querían saberlo todo y no se cortaban en preguntar: “¿de dónde sois?”, comenzaba, ¿y eso dónde está?, continuaba tras la respuesta, “¿y que hacéis aquí?”, “¿y eso para qué es?”, “¿qué estás cocinando?” era una de sus preguntas favoritas mientras asomaban la cabeza al cazo o sartén. Nos observaban con curiosidad, tanto, que una mañana, mientras realizábamos nuestros ejercicios, vinieron a preguntar qué hacíamos, porqué y para qué servía. Ante tanta pregunta les dije: “poneros ahí, vais a entrenar con nosotros”, entonces llegaron otros niños, sus amiguitos del camping, e intentaron imitar los movimientos que María y yo realizábamos. Nuestra vecina de siente años no se perdió ni un solo entrenamiento desde aquel día, observada atentamente por el tercer hijo de la familia, de un año escaso y el bebé más rápido corriendo que haya visto nunca. El rubillo tan joven era un avispado, te hacia carantoñas desde lejos y reaccionaba ante cualquier gesto que le hicieras.


Aquel miércoles seguimos bebiendo y compartiendo algo que llevarnos a la boca. A mí me esperaban algunos colegas del trabajo para jugar al fútbol en el césped de delante de la playa. Hasta que no me llamaron varias veces no pude despegarme de la silla e ir a jugar borracho, eso sí, invitando al trío de nuevos vecinos. Para mi asombro, no dudaron ni un momento, pusieron las cervezas en una nevera portátil y nos fuimos en busca de los jóvenes que esperaban debajo del árbol junto a la estación de limpiado de pescado. Se sorprendieron de vernos borrachos, pues somos los que menos bebemos del lugar, pero les sorprendió más la compañía que traíamos.


Nos faltaba un jugador para completar cuatro por equipo, así que incitamos a Paul, casi sexagenario y gigantón a participar del juego: marcó dos goles –que le pusimos en boca de gol- y demostró una ilusión propia de chiquillos, de esa que se pierde con la edad y nunca más vuelve. Lo pasamos en grande durante el juego, sobre todo celebrando los goles de nuestro delantero Paul. Pero Paul había faltado a algunos entrenamientos, como los grandes talentos y al rato, Dave tuvo que sustituirlo. Este último demostró ímpetu, pero poca movilidad sobre la cancha; sin duda, su mejor jugada fue cuando, corriendo a una velocidad vertiginosa (para él) intentando alcanzar a un jugador sin balón, cayó al suelo en varias fases: despacio se le vio como doblándose por la cintura, inclinando el tronco hacia delante, estiró los brazos hacia arriba y al frente, y era tanta la velocidad que conducía a ese cuerpo aerodinámico que los pies se movieron a la velocidad de la luz por varios pasos, la fuerza centrípeta se acumuló en su cabeza haciéndola pesada y el planchazo de su barriga en el suelo fue inevitable. Mucho menos inevitable fueron las carcajadas de su señora: Kerry gritaba risas mientras se inclinaba de atrás adelante como haciendo ejercicios de abdominales sentada en una mesa de picnic. Todos, incluido Dave, reímos y seguimos bebiendo y riendo hasta que el hambre asomó y decidimos que era hora de comprar pizzas e irnos todos bajo el porche del autobús de la pareja de Perth: una docena de muchachos de otros tantos lugares del mundo acompañaban a los que, luego me contaron más íntimamente y con otras palabras, que eran una familia rica y trabajadora que, habiendo aprovechado un golpe de suerte con su negocio de carpintería, pudieron llegar a comprar un autobús vivienda de casi medio millón de dólares.


Unos días más tarde les hicimos una tortilla española para cenar. Paul se unió en su última noche y otra pareja que acampa en lo que María llama “la nave espacial” también. Mientras cocinábamos Paul se acercó, habían estado toda la tarde bebiendo y había convencido a las dos parejas de cincuentones a fumar cannabis, “voy a hacerme un porro para los viejetes” nos dijo. María y yo reímos y las risas fueron aún mayores cuando fumamos todos como compartiendo una pipa de la paz. Dave y Paul son dos tipos cómicos, bromistas a más no poder, escucharlos picándose el uno con el otro y ver como se desarrollaba la conversación era hilarante. Dave y Kerry nos confiaron algunos secretos, por ejemplo el golpe de suerte y el trabajo que les había llevado a ser ricos, que esa misma fortuna había sido un varapalo para algunas relaciones con sus amigos, pues estos creyeron que al convertirse en adinerados habían cambiado, que ya no eran los mismos, pero se equivocaban. Son los mismos tipos simpáticos de siempre, solo que ahora tienen la posibilidad de comprar lo que se les antoje, como ese autobús que por dentro parece una suite de un hotel.


Sin duda, estos dos personajes se han revelado como los vecinos más ´cool´ hasta la fecha. Los recuerdo bromeando sobre una aplicación para el móvil, que te deja ver donde están todas las zonas de acampada de Australia, y que Paul, totalmente borracho no acertaba a descargarse. Dave le vacilaba diciéndole las maravillas de la aplicación, lo fácil que hace la vida al viajero campista, mientras Paul se dejaba los ojos en el móvil. Al final, Dave sacó un libro gordo y pesado y, poniéndoselo a Paul en el regazo se lo regaló solemnemente: “Paul, este es el mejor regalo que nadie puede hacerte: tu aplicación para el móvil en versión de tres kilos”. Todos soltamos carcajadas, era la guía de campings en papel de toda Australia. Menudo tocho.


A la mañana siguiente Paul quiso unirse a nuestro entrenamiento para realizar unos estiramientos, le interesa pasarlo bien pero también cuidar de su cuerpo. Así resultó que sabía hacer “cupping”, esa técnica china en la que te colocan unos pequeños cuencos de cristal en la piel como si de una chupona se tratara y que ayudan a reestablecer la buena circulación de sangre, linfa y energía. María seguía la clase práctica atenta, le encantan estas técnicas ancestrales y naturales, casi misteriosas para la medicina moderna de toma pastilla y sigue con tu vida.


La verdad es que te cuento todo esto porque me recordó una importante lección que se debe tener presente cada instante, al cruzarte con cada ser humano, y que de ser así cambiaría el rumbo de la humanidad y el planeta; el encuentro con estos vecinos y otros me hizo devolverme a la realidad que a veces olvido, a la lección primordial de la sabiduría del bienestar interior: no juzgues, y no serás juzgado; tomándose la segunda parte como un daño colateral beneficioso, no como esperando ese resultado de tu buena forma de pensar. Sincerándome puedo decir que no prejuzgo a las personas, es algo que tengo presente, pero al ver los monumentales autobuses que nos rodean en este camping no pude evitar el caer en la trampa de pensar que estas personas eran unos snobs, unos ricos que miran un tanto por encima del hombro a los demás por su poderío económico. Y ¿sabes qué? Descubrí que son personas con problemas igual que los demás, posiblemente porque a pesar de tener buena vida en lo que a economía se refiere, también prejuzgan situaciones y personas. Recuerda que, las personas sufrimos más por lo que imaginamos en nuestra incontrolada mente, que por lo que de verdad ocurre. Salud.