CARTAS DESDE AUSTRALIA

APARIENCIAS

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Subíamos por primera vez a la cima de un montecito que está a cinco minutos del lugar donde vivimos, queríamos ver el atardecer desde un punto estratégico. Por la senda arenosa de la duna, docenas de líneas marcadas sobre el piso, cruzando el sendero, siguiéndolo en línea recta hasta perderse entre los matojos, alguno con estrepitosos rizos que nos dejaron extrañados. Son las huellas que las serpientes dejan al pasar. 


Había observado varias veces con curiosidad las cruces pequeñas que se alinean en la cumbre –si se le puede llamar cumbre a la cima de una duna de esa estatura-, al llegar arriba vi que estaba en lo cierto: los habitantes de Coral Bay entierran a sus mejores amigos aquí, así podrán disfrutar de las mejores vistas de la bahía, de lo poco de verde que hay en los alrededores y decir hasta mañana al sol cada anochecer. Nos sentamos en el suelo y, apoyados cada uno en el costado del otro, disfrutamos de la caída del sol.

Unos días antes de ese momento - si tomamos el tiempo como normalmente acostumbramos de forma lineal, en contra de las leyes de la física cuántica-, fuimos de excursión en un barco en busca de las mantas raya. El ´tour´ sale cada mañana y cuenta con la ayuda inestimable de una avioneta que, volando a ras del mar puede visualizar a los grandes animales que por aquí habitan, rastrean en busca de mantas y tiburones ballena especialmente. Pronto estábamos nadando en un arrecife espectacular, yo me sumergía en busca de mejores planos para las fotos, los peces posaban por entre los jardines de coral. “Enmimismado” una vez más rodeado por el líquido salado, me sentía cada vez más relajado dentro del agua hasta que mis pulmones comenzaban a querer llenarse de aire y subía súbitamente despertando del sueño: nunca seré un pez. 


Al cabo de un rato recuperábamos temperatura al sol sobre la proa del barco, el capitán y los guías se afanaban en encontrar el punto exacto que les marcaba el piloto desde la avioneta: “prepárense, vamos a saltar junto a la manta raya, deben nadar rápido por detrás de ella, para que no se asuste, si lo hace se sumergirá demasiado al fondo.” Salté del barco, estábamos muy cerca, seguí las indicaciones de la guía y ya estaba nadando sobre ella, una manta de casi cuatro metros de largo de una punta a otra de sus alas. Hay que nadar rápido para seguir la estela de los peces grandes; la manta ´volaba´ por el agua a poca profundidad, sin necesidad de esforzarse batía sus alas acompañada por una tropa de peces en miniatura, que la seguían por debajo de su cuerpo y sobre su lomo sin cesar incluso en sus rizadas piruetas: la manta raya no paraba de dar volteretas sobre si misma a la par que avanzaba elegantemente. Era una danza preciosa, casual pero estudiada, todo el micro ecosistema de pequeños seres vivos que acompañan a este ser bailaba lo que la naturaleza marcaba, parecían divertirse, todo era un juego. Yo, sorprendido, queriendo hacer fotos a la vez que nadaba rápido para no perderme nada, tomé nota de la belleza de ese ritual de volteretas y vaivenes en mi memoria, quería compartirlo contigo. Una vez saqué la cabeza del agua, para recordar que doce o quince personas me seguían intentando aguantar el ritmo de nado de la manta, por unos segundos estuve tan abstraído que no los recordaba.

Al día siguiente –obviando nuevamente las leyes cuánticas que desechan la idea del tiempo como nosotros los percibimos- volveríamos al mar. Esta vez en un barco privado: uno de los encargados del pub donde trabajamos tiene un barco precioso, recordándonos nuevamente lo fácil que parece ser el tener tan buena calidad de vida en lo que a economía, y por lo tanto posesiones materiales se refiere, aquí en Australia. Allá íbamos de nuevo, acompañando a Steve, dueño del barco, y Augusto, argentino de la pampa, en busca de las ´whale sharks´ (tiburones ballena). 



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El arrecife que rodea la costa a unos cientos de metros de la orilla hace de barrera, por lo que desde tierra hasta dicho ´dique´ el mar está más calmo, el oleaje no se deja sentir tanto incluso en los días de viento, como era este. Para visitar a las ballenas hay que salir a mar abierto, ellas no encuentran o no quieren encontrar el canal que abre el arrecife y por el que los barcos salen dejando atrás la tranquilidad: el oleaje una vez fuera del arrecife se dejaba sentir con fuerza.


Augusto es el hombre de los contactos, hablaba ya con el piloto de la avioneta a través de su móvil: “los barcos de los tours están seis millas al norte del canal, están con las ballenas”, pudimos recibir desde el aeroplano antes de perder la conexión. Era el momento del entusiasmo, de la exaltación por la gran posibilidad de compartir un rato con estos gigantes y amistosos seres. Steve comenzó entonces a mostrar lo que su barco es capaz de hacer, volábamos por las olas a treinta y cinco nudos, los otros tres nos agarrábamos donde nos llegaban las manos mientras la lancha planeaba de ola en ola: había momentos en los que todo el cuerpo se nos quedaba en suspensión en el aire, haciendo que las hormigas desfilaran arriba y abajo en nuestros estómagos. 


La sonrisa se hizo aún más notable cuando divisamos los barcos que acompañaban a los tiburones ballena. Sabíamos que no era el momento de acercarnos, esos barcos están trabajando y recibimos el favor de la información para localizarlos a cambio de no molestarlos. Así, comenzamos a dar vueltas rodeando a los barcos de los tours en la distancia, despacio, y fue entonces cuando comenzamos a sentir el mareo dentro de nuestras cabezas y estómagos. La bajada de velocidad no nos había sentado bien, la lancha se movía mucho más al ir despacio, al son que marcaba el oleaje, todos menos Steve estábamos siendo afectados. 


Tras un rato de espera, los tres mareados desconectamos de la vigilancia de los barcos turísticos. Debíamos esperar a que ellos comenzaran a alejarse de la zona, dando señales de que su tiempo con los grandes mamíferos había finalizado para acercarnos rápidamente y saltar y disfrutar de un baño acompañando a los animales. Los barcos que debían moverse se movieron, todo estaba preparado, entonces, Steve, un tanto sordo debido a lesiones de su pasado militar, se lanzó apretando el acelerador de nuevo a la caza de los barcos. 


Aproximadamente cinco minutos más tarde me alerté: -“¿dónde está yendo Steve?”, pregunte gritando a Augusto, -“no sé”, me respondió intentando recuperarse de los mareos. Nuestro agresivo -en la navegación- capitán no había entendido bien el plan, o se le había olvidado, iba siguiendo a los barcos en vez de ir al punto que estos habían abandonado, la oportunidad se había esfumado, aunque nos diéramos media vuelta no encontraríamos el punto exacto donde los tiburones más grandes que existen nadaban en medio de la inmensidad azul. La avioneta ya había dejado atrás su trabajo y solo nos quedaba lamentarnos con un “otra vez será” mientras nos encogíamos de hombros. Un tanto decepcionado, aunque recuperándome de los mareos una vez comenzamos a cabalgar velozmente las olas de nuevo, vi que un objeto salió despedido desde el agua hacia arriba y volvía a caer. Me quedé extrañado. Al poco observé otro movimiento extraño y vi claramente a un pájaro de colores brillantes volando a palmos del agua. Una vez más; El pájaro de tonalidades azules tenía las alas muy picudas, y calló empicado al agua con total normalidad. A la cuarta vez tomé consciencia, ¡era un pez! ¡Los peces voladores arrancaban con fuerza desde las aguas cual ave fénix y revoloteaban por el aire varias decenas de metros! Entonces, sabiendo de que se trataba pude sentirme cómodo para decirle a los compañeros de aventura lo que vi, y que así ellos pudieran disfrutarlo también. Me imagino a los peces voladores divirtiéndose haciendo competiciones de a ver quién vuela más alto, o aguanta más por encima del agua, justo al contrario que nosotros cuando éramos niños en la piscina. 


Por la tarde descubrimos que el capitán del barco que erróneamente perseguimos nos descubrió tras su estela y que echándose las manos a la cabeza pensó: ¡donde van! Otros locales nos hicieron saber que las ballenas estuvieron nadando por la superficie del agua alrededor de dos horas después de que perdiéramos su pista… en fin, no siempre los planes salen bien.

Aquel atardecer sobre la duna, divisando una estampa jamás antes ante estos ojos, me preguntaba que sería lo que dejaba una huella diferente a todas las líneas trazadas sobre la arena. Algunos de los trazos iban acompañados de pequeños puntitos a sus lados, pensé que sería un milpiés de gran tamaño, cualquier cosa puede ser grande en Australia. Me equivocaba, minutos después descubríamos un escarabajo caminando torpemente sobre los granos de arena, dejando tras de sí una huella como la que dejaría un milpiés. Después de todo, seguramente no todas las líneas marcadas en la arena eran de serpientes, o sí. A veces, las cosas pueden no ser lo que parecen. Lo que sí parece ser es la huella que dejan en mí las experiencias que estoy viviendo en esta vida en diferentes lugares del que llamamos nuestro planeta, sin darnos cuenta de que nosotros pertenecemos a él, y no al revés. Debo no estar hecho de arena, estas huellas no se borran.