CARTAS DESDE AUSTRALIA

ROTTNEST ISLAND

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Unos meses atrás, como sabes, vivíamos en Fremantle. En nuestro pequeño jardín, delante de la casa que compartíamos con un chico australiano había una mesa de picnic, un sofá y varias sillas. María y yo siempre pasábamos el último rato del día sentados en el sofá, charlando, fumando, y viendo “la película” que se desarrollaba en directo en el restaurante indio al otro lado de la calle. Nos imaginábamos y recreábamos las conversaciones entre los comensales, o entre camareros y clientes, poniéndoles voces ridículas a las delirantes charlas, nos divertía.


Muchos amigos vinieron a pasar un rato al acogedor jardín, para beber alguna cerveza, compartir cena, o pasar el rato charlando. A todos les hice la misma pregunta. Señalaba la silla vacía, situada en el mismo lugar desde la primera vez que, posicionándosela justo en frente, hice la pregunta a María: - ¿A quién, si pudieras elegir, sentarías en esa silla para tener una charla sobre lo que quieras con esa persona?, -¿Puedo elegir quién sea? Replicó ella. -Quién quieras, muerto o vivo, famoso o no… Pensándolo bien, es una forma curiosa de saber los intereses que alguien puede tener. La primera vez me salió de forma fortuita, sin previo aviso la pregunta llegó a mi cabeza y la solté. Después la repetía con los demás pues me parecía interesante. Fueron variopintos los personajes históricos o famosos que por mi jardín pasaron. 


Yo siempre elegí a Albert Einstein, no por lo que se sabe que sabía, sino por lo que escondía y que dejaba entrever en comentarios sobre el universo del cual somos parte: Einstein y otros científicos llegaron a estar cerca de ver qué es Dios (las energías o fuerzas a las cuales llamamos con este nombre), algo que solo puede parecer alcanzarse (nunca se llega a consumar) a través del estudio introspectivo de uno mismo, o de las leyes de la física cuántica en el universo. Al menos, así lo aseguran los sabios y científicos más diestros en esta oculta materia. Había algo que me cautivó en “El mundo como yo lo veo”, el libreto donde Don Albert dejó plasmado su forma de ver nuestra vida en la tierra, sus pensamientos internos.


Una de las veces que tuvimos una pequeña reunión en el acogedor jardín fue para preparar un viaje a Rottnest Island, una isla a unos veinticinco kilómetros mar adentro de la orilla de Fremantle. Inma, la valenciana, tiene un amigo, Kevin, que trabaja en el carguero que cada día transporta todo tipo de enseres hasta la isla. Este nos ofreció ir en el buque gratis, ahorrándonos el billete del ferry aunque tardando un poco más en el trayecto. Así, nos organizamos entre los siete que compartiríamos esos días en la isla, de tal manera, que en la misma noche en la que zarparíamos de madrugada, a las seis, no teníamos reserva de la cabaña en la que se suponía íbamos a dormir y comer. El nerviosismo incrementó cuando la compañera de casa de Antonio, donde nos reunimos por definitiva vez para ultimar detalles, comentó que en esas fechas la isla estaría abarrotada, que la gente llega a reservar sus vacaciones incluso con un año de anterioridad. Eso sí, la cerveza y la carne para la barbacoa estaba toda en su sitio, preparada para la fiesta.


Estando en la parte más alta del barco, sobre la azotea del puesto de mandos junto con Raimon, Antonio, María, Inma, Kevin, Elsa y Jesús, me asaltó la duda de porqué la isla se llama de Rottnest. Pocas horas después me encontraría hallando la respuesta frente a unos paneles informativos sobre la historia de la ínsula: en el siglo XVIII los holandeses soltaron anclas alrededor de la isla para explorarla. Encontraron en ella unos curiosos habitantes: los quokas, unos pequeños marsupiales del tamaño de un conejo, más redondo y lento. A los exploradores les pareció más oportuno comparar los quokas con ratas, y de tal cantidad que había bautizaron esta tierra rodeada de azul como la isla nido de ratas: rott-nest island (rata-nido isla). Los quokas resultaron ser muy amigables, alguno se dejaba incluso acariciar, lo que me recuerda contarte un par de curiosidades acontecidas últimamente: esta isla es uno de los pocos reductos naturales donde pueden encontrarse hoy día quokas, así que el gobierno pensó oportuno darles un estatus de protección, imponiendo fuertes multas a quién se pase de la raya en su comportamiento hacia estos seres vivos de peluche. Un chico australiano pensó que grabar un video pateando a un quoka cual pelota de fútbol y subirlo a las redes sociales le haría parecer un genio; el resultado: denuncia del video y una cuantiosa multa económica. A las pocas semanas, alguien que no supo de lo ocurrido, tuvo la brillante idea de lanzar al mar a uno de estos canguros enanos; gracias al Dios de los quokas, con el mismo resultado para el individuo humano que el anterior agresor.


Al llegar a la isla nos dirigimos a la oficina de reserva de cabañas. La impaciencia se nos palpaba de lejos, no queríamos tener que volver al continente sin pasar unos días en lo que se prometía una isla con playas y vistas de ensueño. Tuvimos suerte, había una cabaña para nosotros. Y a toro pasado, por supuesto, comentábamos que estaba claro que tendríamos nuestra cabaña, que sabíamos que la habría, olvidando la excitación irritante de las horas anteriores. Tuvimos que esperar unas horas para que adecentaran nuestra vivienda, no todo iba a ir como la seda… así que las aprovechamos en una playa, en cuyo uno de sus extremos un esbelto faro se erigía como protector de la belleza y serenidad que el lugar emanaba.



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Disfrutamos de unos días de relajación y diversión. Nunca olvidaré la tarde que algunos de nosotros compartimos con Lucy in the Sky with Diamonds, bebiendo cerveza y caminando, explorando la isla, hasta que nos encontramos en un montículo con una pequeña construcción que rendía homenaje a no recuerdo qué, y en el que protegiéndonos del viento, pasamos un rato e instauramos un partido político cuyo líder era Raimon, quien pronto estaba profiriendo su primer discurso en un mitin repleto de árboles, pájaros y nubes. Las risas debieron escucharse desde la orilla continental durante toda la tarde. Desde hace tiempo vengo pensando en el estado en que ciertas drogas te hacen experimentar, entrar en una “dimensión” de la mente diferente tras consumir un tipo de sustancia me parece una manera extraordinaria de comprobar que lo que consideramos normal es totalmente dependiente de nuestro estado de conciencia, siempre subjetivo y sujeto a nuestros sentidos, incapaces de absorber toda la verdad.


Mientras mi mente estaba bajo los efectos de Lucy, con sus Diamonds in the Sky mi forma de pensar y ver lo que me rodeaba era totalmente diferente a como lo es normalmente, teniendo en cuenta, como digo, que la “normalidad” quizás tampoco escape a sugestiones y subjetividades. No quiero hacer apología de ningún tipo, pero aprovechando la intimidad que me otorga el escribirte cartas solo para ti, quiero exponerte mi pensamiento sobre la hipocresía de la sociedad hacia ciertas drogas. Por ejemplo, gente que se emborracha cada día, solo porque el alcohol es legal y su consumo costumbre que se adquiere en la sociedad de hoy en día, haciendo rutina el estado de exuberancia seguido del de depresión –el provocado por casi todos los estupefacientes-, critica otros tipos de drogas, de las cuales muchas veces ni saben cuáles son sus efectos.


Por supuesto, no seré yo el primero que alguna vez las tomé para explorar mi mente, de la misma forma que intento llegar a rincones desconocidos de mi ser a través de la meditación, pues son muchos los filósofos y artistas que llegaron a tal conclusión. Recuerdo aquel paseo en la India por el ahora cerrado Ashram a las orillas del Ganges, en el que Los Beatles -especialmente Jonh Lennon- escribieron su albúm Black and White, según dicen, el mejor de sus discos. La banda más famosa de la historia se sumergía en meditaciones, a veces tras consumir LSD para buscarse más allá de su individualidad. El tomar drogas les hacía pelear una y otra vez con su Gurú, quién años después tuvo que cerrar el Ashram, ahora convertido en visita clandestina para los turistas que se enteran de la historia.


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Recorrimos casi toda la isla en los tres días, bañándonos en diferentes playas del océano Índico. En el extremo noroeste de la isla nos esperaba una sorpresa: un clan de leones marinos. Rápidamente, cogimos nuestros equipos de esnorkel y bajamos por las rocas para zambullirnos con ellos. Los leones marinos estaban tranquilos, la mayoría sumergiéndose observando que poder llevarse a la boca, otros tomando el sol sobre las rocas, mientras nosotros disfrutábamos como niños. Hubo dos ocasiones, una para Antonio y otra para Sophie, una chica alemana, en la que al acercarse demasiado a los animales, estos se lanzaron sobre ellos, frenando secamente a menos de medio metro de sus cuerpos, avisándoles de que no se acercaran hasta intimidar, sino que guardaran la distancia de seguridad y rigor. Fue una gran experiencia y seguro no tendré más remedio que seguir contándote maravillas del mar y sus habitantes en estas cartas.


En definitiva, disfrutamos mucho de estas vacaciones junto al grupo de amigos nombrados al principio, solo me quedó invitar a Albert Einstein a su asiento, siempre vacío. Me dijo que todavía, a pesar de su sapiencia sobre física cuántica, no controla totalmente el volver a la vida a través del dominio del espacio tiempo, y que tendré que resolver mis dudas espirituales yo mismo, así haré Don Albert, contesté. Después de todo, “dios no juega a los dados”. A.E.