CARTAS DESDE AUSTRALIA

PESCADOS

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Solo hay una diferencia entre peces y pescados: unos nadan en el mar, esa es su vida, los otros yacen en un plato. La semana pasada mi vecino del camping se dirigió hacía mi con dos grandes pescados, sus vientres ya vaciados. Se iba a la mañana siguiente y tenía demasiado. No tenía ni idea de cómo filetear pescados, pero sabía a donde dirigirme. Junto a los baños públicos de la playa hay unas mesas de chapa bajo unos sombrajos, con una manguera y unos cubos de basura a la espera de los pescadores: es la estación de limpiado de pescado. Todas las tardes a cierta hora, un tumulto de personas se agolpa alrededor de esas mesas, unos limpiando y troceando pescado mientras beben cerveza y comentan la jornada de pesca, los otros observando y sorbiendo su baba de vez en cuando: cuando yo paso a esa hora por allí, me imagino a uno de esos especímenes rodeado de patatas en el horno que no tengo.


Cuando llegué me coloqué, con mi cubo de goma grande lleno de hielo y dos pescados, en un lugar privilegiado para intentar captar el método de los expertos. En cuanto se abrió un hueco en una de las chapas, me lancé iluso a filetear. Puse un pescado encima de la chapa, y observaba la técnica depurada de los maestros. El señor que se afanaba en limpiar su pesca junto a mí me saludó, “how´r yu goin?” -¿Cómo vas?-. Perdido, repuse: “no he limpiado un pescado en mi vida, pero quiero aprender”. Pocas palabras más hicieron falta, me preguntó si tenía un cuchillo, lo saqué, ni se inmutó: era un cuchillo de cortar cebollas. Cogió mi pescado, y como con los suyos, con tres cortes certeros lo tenía hecho filetes. ¡Vaya!, exclamé, mientras ya lo que le quedaba era despegar la piel del filete con un cuchillo que parecía el que usaría Gulliver para untar mantequilla.


Le agradecí que me hubiera limpiado el pescado, y entonces, para su sorpresa, saqué el segundo animal con sus ojos saltones de mi cubo. ¡Vaya!, le tocó decir. Le propuse que me dejara intentar a mí, ´lo mejor para aprender es practicar´, ofrecí. Me cedió un cuchillo largo, un tanto curvo en su hoja, y lo clavé atravesando la dura piel en el lomo del bello pargo. No me fue tan mal, los filetes no salieron tan perfectos como los del señor, pero pronto estaba usando el gigante cuchillo de mantequilla separando la piel del lomo, pensando que una buena herramienta puede hacer a un novato lucir bastante mejor. No habrá que decir que el filete que apenas horas antes nadaba en el océano estaba riquísimo.


Volviendo de camino a la furgoneta, me acordé de los gaditanos con sus largas tanzas colgando del puente Carranza, sería uno de esos arrebatos de la memoria para no dejarte dejar de anhelar lo bello del lugar de donde provienes. Y me dejé llevar, y pronto veía los barquitos flotando en la bahía, con sus pacientes pescadores en trance al vaivén de las aguas. Me sorprendí pensando en la pesca, yo que todo lo que sabía de ella lo había leído en ´El viejo y el mar´.


Ahora recuerdo que olvidé contarte una parte del viaje hasta Coral Bay: los paseos por la costa de ´Shark Bay´, a unas seis horas de coche al sur de aquí. Es una pequeña península, declarada patrimonio de la humanidad por la Unesco debido a la diversidad de plantas, animales y vida marina que alberga. A modo de apunte, este trocito de planeta es casa de la más diversa y abundante concentración de estromatolitos, fósiles vivos, únicos representantes de la vida en la tierra hace tres mil quinientos millones de años, cuando no había ninguna otra forma de vida compleja en el planeta. A simple vista no parecen tan complejos, pero, ¿sabes qué?, de ahí venimos todas las demás especies animales. Después de todo, puede que no seamos tanto. Dentro de esta península está ´Monkey Mia´, por cuyas playas caminamos extasiados viendo tortugas marinas, mantas variopintas, peces voladores, saltando y golpeando con el lomo el agua una y otra vez, cual chino lanzado por mano experta contra la superficie acuática, y tiburones, jóvenes tiburones que se acercan a la orilla a recibir el calor de los rayos solares. Y todo esto desde la orilla, la riqueza que esa bahía esconde bajo agua debe ser abrumadora.


El día después de eso, paseando por un acantilado, conocimos a un hombre, medio norteamericano, medio australiano. Comenzamos a charlar sobre viajes, sobre la vida marina, y nos dio noticias muy tristes, de esas que probablemente no alcanzas a no ser de la mano de alguien que lo vivió, que fue allí y comprobó. Resultó ser un buceador empedernido y hacía un par de meses volvió de su viaje a Myanmar, en el que se embarcó una semana para bucear tres o cuatro veces al día, conociéndose gran parte de la costa del país asiático. Lo que vio debería hacernos reflexionar como especie superior de la tierra: lo que se suponía un mar límpido, casi intacto, de exuberante riqueza animal, había sido desbalijado, destrozado por el hombre. 


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Al principio, nos contó, no entendía que pasaba, porque no veían tortugas ni tiburones, ni grandes bancos de peces en sus inmersiones, pero poco después vino a entenderlo todo. Al parecer, Myanmar lleva más de cuarenta años bajo diferentes formas de gobiernos militares, siendo su máximo aliado China, y claro está, el pez grande se comió al pez pequeño: China presta dinero –y otras ayudas a la Junta Militar- que los birmanos necesitan urgentemente, rápidamente, el gobierno del pez chico, accede a ceder privilegios sobre ciertas materias de interés para los chinos. Entre ellos, la pesca. Dieron libertad a los buques pesqueros chinos para pescar cuanto quisieran en sus aguas del andamán por un tiempo: redes gigantes, buques enormes, pesca de arrastre en la que no se discrimina, todo cae al saco, comestible y no comestible, todo muere. Peces grandes como tiburones y ballenas, arrastrados y apretujados dentro de trampas humanas. Dinamita para pescar, ¡qué gran idea! Este viajero contaba que encontraban masivas redes en medio del océano, que podían escuchar el retumbar de las explosiones, que no quedaba nada que buscar al bucear. Con gran mal sabor de boca, le deseamos buen viaje.


Ayer conducía de vuelta de Exmouth, el pueblo a una hora y media al norte. Teníamos que ir a arreglar unos papeles de nuestro vehículo, algo así como pasar la ITV de España. En el centro de inspecciones nos aconsejaron arreglar unas cuantas cosas de nuestra querida y vieja amiga. Pronto estábamos en medio de un cementerio de automóviles, a pleno sol con más de treinta grados cambiando dos cinturones de seguridad arrebatados a otra furgoneta muerta: es reciclaje, me excusé con ella para sacarle los órganos. El gerente del desguace nos regaló una rueda en perfectas condiciones que era la única que debíamos cambiar, salió barato. De nuevo, pensé que las buenas herramientas hacen a uno parecer saber, sin tener una mínima idea.


Mientras conducíamos de vuelta a Coral Bay, María vio a lo lejos unas nubes grises, de las que salía una cortina blanquecina que llegaba a la tierra: ´allí está lloviendo´, me dijo. Tuve que reducir la velocidad un par de veces al pasar unos pequeños rebaños de ovejas salvajes, y al poco entramos en la lluvia. De repente, como todo ocurre, nos zambullimos en un vendaval que intentaba expulsar a la furgoneta de la carretera, el limpiaparabrisas en su máxima velocidad no acertaba a dejar hueco en la luna por el que yo pudiera ver, metí cuarta para reducir velocidad e intentar tomar control, María y yo, con los ojos como platos, quedamos paralizados por unos segundos. Entonces acertamos a exclamar: ¡qué locura!, ¡vaya tormenta tropical!, y al acabar de decir eso, salimos por el otro extremo del chaparrón, todo volvió a la calma, como un minuto antes.


María se divertía en el asiento del copiloto mirando un gran arcoíris y sus reflejos en el cielo, parecían varios, pocas veces vi los colores del arcoíris tan vivos. Mientras, Enrique Morente intentaba abrir semillas en el corazón del tiempo, levantando con su voz témpanos de hielo azul, y yo me deleitaba en la sencillez del disfrute que sentía simplemente conduciendo, escuchando música junto a la rubia rizada, y tanto es el poder que esa canción ejerce sobre mí que dos gotas intentaban desbordarse de los ojos de mi cara, mientras reía por dentro.


Al poco era el turno de Javier Ruibal para llevar del talle a la reina de isla mujeres, y ese son tan seductor con aires caribeños me trasportaba a la tacita de plata, que de tan pérdida se volvió a encontrar en La Habana: de nuevo, un arrebato melancólico de mi tierra me sobrevino, dejando patente ese mecanismo del alma que te devuelve a tu tierra estés donde estés, y que, jugándonos malas pasadas nos hace pensar que ese trozo de tierra es el mejor que existe en el mundo, aunque en el caso de Cádiz, todos sepamos que es verdad.


Dicen del mar que lo cura todo, pero no solo eso: el mar lo une todo, el agua que rodea mi cuerpo cuando me baño en este océano, son las mismas gotas que un día propulsé con mis manos hacia el cielo cerca de la orilla de una playa del estrecho o de la bahía, del mismo modo que los átomos que componen tu cuerpo son los mismos que antes fueron roca, pájaro, árbol o pez. Saquen los pitos de caña porque, no todos los días se pescan atunes en el paraíso.