SALUD Y AMORQUÍA

MARIANO

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Mariano Rajoy Brey, de familia ilustre, de las de toda la vida, hijo de un juez, registrador de la propiedad. Salvo alguna barbaridad en su juventud con algunos artículos no se le conoce ningún exabrupto, ninguna carrera delante de los grises, menos aún la participación en algún contubernio cuando era estudiante de Derecho. Mariano siempre fue de Fraga, es decir, del régimen.


Para Mariano resistir es vencer y así ha pasado de ser un anónimo concejal de Pontevedra a presidente del gobierno. Nunca ha encabezado ninguna conspiración, ninguna intriga palaciega, como dijo uno de sus ministros famoso por hacer ejercicios espirituales en el Valle de los Caídos. La mano derecha de Rajoy no sabe lo que hace la izquierda o viceversa, porque la discreción, el silencio como señal de aquiescencia –aunque en su interior no lo sea- ha sido su ideario para trepar hasta lo más alto. Alfonso Guerra fue el que dijo aquello del que se mueva no sale en la foto, pero con Rajoy esto ha llegado a un refinamiento tan perverso que si de pronto nos lo cruzáramos en una escalera no sabríamos si sube o baja.


Somos muchos los que nos hemos reído de él, de sus torpezas, de su cara de funcionario anodino refugiado tras una pantalla de plasma. Sin embargo, olvidamos los que nos burlamos de que en este mundo tan cambiante y vertiginoso, son muchos los que necesitan de las simplezas de Rajoy a pesar de que él no entienda su letra. Son muchos los que necesitan saber que un vaso es un vaso y un plato es un plato o que les repitan hasta la saciedad la palabra cosa. Y es que las llamadas al sentido común de Rajoy, pueden a muchos no gustarnos por su cinismo –porque Rajoy es un gran cínico, no lo dudemos-, pero conforta como un bálsamo a la mayoría silenciosa de la ciudadanía, asustada por perder su trocito de propiedad.


Marian


En la comparativa de los dos líderes del conservadurismo español de este siglo XXI, Aznar seguramente tiene más incondicionales, pero también despierta más aversiones. Rajoy por su parte no desata emociones, pero su manera de estar o de no estar, que es lo mismo, le sirve de dique para todos los casos de corrupción y por los que en cualquier otro país del entorno se habría dimitido ipso facto. Sus ojos vacíos, su semblante, acaban por levantar cierta simpatía y no son pocos los que, al final, situándose en las antípodas ideológicas, empatizan con él cuando el hijo de un pariente lejano le propina una hostia en plena campaña electoral. No hubiera ocurrido lo mismo con Aznar.


A Mariano solo lo recuerdo dos veces fuera de sí y hace ya muchos años. En una de las ocasiones resulta de lo más lógico, ya que no cuesta imaginar la cara que se nos pondría a todos si se cayera en picado el helicóptero en el que vamos volando. La otra ocasión fue en los días posteriores al 11M, cuando gracias a la movilización popular se destapó el ardid repugnante de Aznar y los suyos con respecto a los atentados de Atocha. El entonces candidato a la Moncloa, elegido por la gracia del dedo de Aznar, veía que podía perder las elecciones, pero no estaba enfadado por eso, sino que tenía miedo del clamor de la calle que estaba jugando el papel que siempre debería de corresponderle –el de principal actor político-. Rajoy en esta ocasión enseñó los dientes, con un tic autoritario que recordaba a su egregio mentor Manuel Fraga. Nunca más mostraría esa actitud.


Y es que cuando te sientes acorralado y llevas todas las de perder tienes dos opciones, la de la rata y la del avestruz. La primera opción siempre fue la de Aznar y los chulos de turno –Rajoy solo la usa cuando tiene miedo y eso es como hemos visto muy pocas veces-. Consiste en atacar mostrando un visible malestar ante preguntas y situaciones incómodas, emanando un aire altivo y de superioridad, de autoritarismo y dedo aleccionador. La del avestruz es en la que Mariano Rajoy, el más brillante político de esta época, el que le tiene cogida la medida al españolito medio por mucho lector de Gramsci que haya sentado en el Parlamento, se mueve como pez en el agua. Simplemente consiste en cerrar los ojos y taparse las orejas a la espera de que no se den cuenta de que andaba por allí.