CARTAS DESDE AUSTRALIA

CRUZANDO EL TRÓPICO

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Hay algo cotidiano que me fascina en Australia. La mayoría de los productos en el supermercado muestran con preferencia en las etiquetas que son producidos en Australia y orgullosamente propiedades de familias australianas. En realidad, que yo haya visto, solo el agua de coco, muy famosa aquí, viene de Tailandia, aunque la empresa es australiana. Y algún producto, como barritas de cereales, vienen de New Zelanda, su hermano pequeño. Esto podría escocer a los que enarbolan el mercado liberal y sin fronteras, dado que debe ser uno de los mercados que mayores beneficios da: todo el mundo come. Otro aspecto que llama mi atención es lo derrochones que los australianos son, el salir de casa y gastar parece ser la razón de ser, he escuchado a algunos australianos decir, no sin un tono de decepción, que esto es ¨little america¨, y según dicen hace unos años era más exagerado, pues la minería ha bajado mucho, y es la principal baza económica a este lado del país.La industria agroalimentaria goza de buena salud, y quien sabe si protección. La cosa cambia cuando hablamos de coches. Apenas hay fábricas en el país, la inmensa mayoría viene de Asia: toyotas, mitsubishis, nisanes… a nadie se le escapa los beneficios para ambos lados de sus acuerdos comerciales ni que Asia está aquí al lado.


No escatiman en nada. María y yo vivimos ahora en un camping, con nuestra furgoneta como refugio y con un toldo como porche. Estos días de vacaciones debido a “easter” –nuestra semana santa- ha atraído hasta aquí a mucha gente. Las familias llegan cargadas de equipaje, intentaré describir lo que la familia media acarrea consigo hasta aquí: puedo decir que todos llegan en cuatro por cuatro con ´bola de enganche´ en la parte trasera, en la que suelen traer caravanas más grandes que los pisos que una ministra de vivienda propuso en su momento para acabar con los problemas que la gente tenía para encontrar una casa medio decente en España. No me preguntes como lo hacen, pero la mayoría también traen un barco. Sí, un barco. Creo ver que casi todos vienen en reuniones de varias familias, y cada reunión conforma una especie de patio central, a cuyo alrededor se sitúan diversas tiendas de campaña o caravanas, el conjunto, quizás, pueda ser algo más pequeño que la típica finca andaluza de patio central. Así, alguna de las familias trae su barco. Es muy común ver barcos aparcados en las puertas de las casas y hay muchas rampas gratuitas para que el ciudadano desemboque su buque pesquero o recreativo a la mar. 



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Ahora hablemos del tamaño de las tiendas de campaña. Eso de tirar la tienda y que se abra en dos segundos creo que nunca triunfó a este lado del planeta. Puede que alguna tenga baño, comedor, y sala de juego para niños. En efecto, enormes. Todo es XXL en este país, no se andan con cuentos. Para el patio central, preparan unas cuantas carpas, normalmente cuadradas, típicas de ver en mercados callejeros o puestos de la cruz roja u otras organizaciones que se aventuran a proporcionar información o sacar alguna ayuda monetaria del viandante. En estos puntos de reunión, sitúan su propia barbacoa, cocina, varias mesas, y varias neveras, pues cada hombre que viene a comprar a la licorería se compra su propio paquete de cervezas. A lo grande. Sí, en el trabajo hay licorería, María y yo hemos comenzado a trabajar de nuevo.


Antes de llegar hasta Coral Bay, nuestra nueva dirección postal, pasamos por un par de lugares de los que no te he contado. –Mientras escribía esto último, los “vecinos” del camping han arrancado su 4x4 y van camino del océano con su barco de unos diez metros de largo-. Uno de esos lugares fue Kalbarri, otro parque nacional en el que disfrutar de belleza natural. Los acantilados altísimos, escarpados e inaccesibles es uno de los puntos fuertes, así como el río Murchinson, cuyo grandioso barranco dejaba entrever el paso del tiempo con sus bien definidas líneas rojas y blancas, producto de diferentes sedimentaciones a través de distintas épocas geológicas. 


Las vistas desde ´Hawks head´, cabeza de halcón, son bellas e invitan a divagar en el pasado para imaginar cuando este río corría lleno de agua creando una orilla donde desde hoy se divisa el agua correr bien abajo en la garganta. –acaban de llegar nuevos vecinos al otro lado de la calle del camping, no es broma ni exageración, venían en su todoterreno, ahora mismo replantean su espacio y comienzan a desenfundar su barco, cubierto por una gran (como no) lona roja-. En el parque nacional Kalbarri tropezamos con una valenciana, una mujer que decidió pedir excedencia en su trabajo para, según sus propias palabras: “salir del aburrimiento de la cotidianidad, me fui a viajar por Asia, acabé haciéndome instructora de buceo en Indonesia, y ahora viajo por Australia. No he hecho cosa mejor en mi vida, no sé si volveré al trabajo.”


Siguiendo hacia el norte, nos esperaba una visita a Carnarvon, “canarfen”, según la pronunciación australiana. Intento llegar a los sitios sin prejuzgarlos, pero este me sorprendió gratamente pues no esperaba nada de él a parte de un buen supermercado. Hay unas entradas de mar en el pueblo en la que atracar los barcos, el paseo marítimo con parches de césped y palmeras y barbacoas conforman un agradable parque por el que pasear o disfrutar de la caída del sol, así hicimos María y yo: compartimos una cerveza mientras el astro padre se despedía una vez más, y nosotros bromeábamos sobre lo bien que se estaba en el Miami de Australia. También se podía aparcar para dormir junto a la playa, cosa no habitual, así que aprovechamos para por una vez, hacerlo legalmente.


Era al día siguiente en el que nos preparábamos para sobrepasar el trópico de capricornio. Era un momento importante porque los españoles, que compartimos visado con portugueses y sudamericanos, debemos trabajar sobrepasado este ecuador durante ochenta y ocho días en granjas o restauración si queremos renovar nuestro visado un año más. Los demás europeos que tienen derecho al visado de “work and holiday” tienen otra legislación diferente, solo pueden trabajar en granjas, pero por todo el país, aparte de que les es mucho más fácil conseguir el primer visado. Así que el gobierno, viendo que los australianos no están predispuestos a trabajar sirviendo a sus compatriotas en zonas muy calurosas, nos brinda la oportunidad a nosotros, para que no olvidemos, cosa que no hacemos, que somos inmigrantes.



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Así, con ganas de continuar nuestras andanzas australianas otro año más, llegó el momento, unos paneles a cada lado de la carretera nos anunciaban que quedábamos del otro lado de esta línea imaginaria que circunda el planeta. Era hora de buscar trabajo a los pocos kilómetros, estábamos acercándonos a Coral Bay, desde donde sentado en mi silla de camping, con la hamaca ondulando al son del viento que despertó hace un rato, te escribo esta carta.

Antes del último párrafo recordé que tenía la ropa tendida, paseé por el camping hasta llegar al tendedero, mientras mis neuronas divagaban, las reuní por un momento para retarlas a encontrar un coche que no fuera todoterreno. Fallaron, no por su culpa, no había ninguno en el trayecto. En realidad, los pocos no cuatro por cuatro que hemos visto por aquí, eran de otros inmigrantes jóvenes de países europeos o sudamericanos. Ahora, al tiempo que me despido de ti, los vecinos que recién llegaron con su lona roja cubriendo el barco, se están convirtiendo en el mejor ejemplo de todo lo que describí más arriba. 


Estos australianos, están muy preparados para el camping, lo que me hace recordar cuando una vez, hace muchos años, me fui en autobús con dos amigos a un camping de los caños con una nevera de plástico y una sombrilla de playa. Lo pasamos genial. No te despistes, tengo mucho que contarte sobre Coral Bay.