CARTAS DESDE AUSTRALIA

¿POR QUÉ ESPERAR?

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Hace unos días vi un video que me conmovió. Contaba la historia de una anciana de noventa años. A los dos días de fallecer su marido le diagnosticaron cáncer. Su respuesta fue fulminante: vendió su casa, se compró una autocaravana y recorrió junto a su hijo todos los rincones de su extenso país que quería recorrer: desde las cataratas del Niágara hasta la sede central de la NASA. Me hizo recordar un pequeño texto que escribí el pasado verano, cuando trabajando en un restaurante seis días a la semana me sentía esclavizado, perdedor de mi tiempo y mis talentos. Entonces leí la historia de un tipo que iba dando la vuelta al mundo en bicicleta y me provocó dos sensaciones que pudieran parecer contradictorias: envidia e inspiración


Admiré a aquel muchacho. Él no estaba perdiendo su tiempo, ni su potencial. Dejó atrás su trabajo y su comodidad e hizo lo que quería hacer. Desde hace años pienso: no dejes que el tiempo pase para hacer lo que quieres hacer, los viejos dicen que lo hagas, que al final de la carrera te das cuenta de lo que valió la pena y de lo que no. ´Si lo dicen los viejos será por algo´, me ronda la cabeza. No voy a esperar a ser viejo para ponerme a dar consejos a los jóvenes, quiero ser sabio ya, y seguir mi consejo.


Tocaba subir de vuelta a través de Australia del oeste, me imagino nuestra furgoneta moviéndose lentamente en una animación, por el mapa, como en las películas. Esta vez atravesamos por el interior pues ya habíamos visto la costa. Hay menos cosas que ver, pero es interesante observar los cambios en la escena del paisaje, de atravesar bosques altos a ver planicies desérticas, pasando por tramos en los que la vista solo alcanza a ver matorrales altos, parecidos a olivos enclenques de finas ramas. La carretera es recta, nunca termina. Miro hacia delante y veo una línea gris, a sus lados extensiones marrones o verdes, y todo lo demás lo llena el azul. Los colores están tan definidos y son tan vivos que a veces quedo hipnotizado. Cuando la carretera atraviesa pequeños montes, por llamarlos de alguna forma ya que todo es tan plano, se puede observar la perfecta rectitud de la línea gris, quien haya atravesado Castilla La Mancha en coche sabrá de qué tipo de carretera hablo.


Lo más curioso estaba por llegar. Los pocos conductores que nos cruzamos nos saludaban con la mano, algunos con mucha ilusión. Nunca había pensado que podía conducir horas por una carretera y cruzarme con tan pocos coches, alguna vez, en una hora, podríamos haberlos contado con los dedos de una mano. Así que cada vez que veía un coche venir, me preparaba para saludarlo enérgicamente. Me comenzó a gustar, me parecía contener un componente de compañerismo carreteril, después de todo, si tu vehículo te daba problemas en medio de la nada, podías necesitar la ayuda de los pocos conductores que por la nada circulaban. Entonces llegamos a unos pueblos pequeños, en cuyas entradas y salidas unos carteles nos invitaban a saludar a los demás coches con inscripciones del tipo: “en esta provincia, los conductores saludan con la mano para decir hola”, poco más adelante: “saluda de forma segura”, tras unos kilómetros “disfruta de tus saludos a los demás conductores”, y seguían: “esperamos que te estén divirtiendo los saludos”, “la zona en la que la gente saluda se está terminando”, “¡esperemos que hayas disfrutando de los saludos a los otros coches, vuelve pronto y saluda!”. En serio, muchos carteles haciendo referencia a los saludos. Nos divirtió mucho.


Algo de lo más interesante que vimos por el interior del suroeste australiano fue “wave rock”, la ola roca. Lo primero que se le viene a uno a la cabeza es pensar que este terreno estuvo una vez hace millones de años bajo el mar, y que su erosión fue debida a la fuerza de las mareas y las olas. El nombre engaña: es una roca gigantesca, con forma cóncava en su parte superior, cuando llueve se rebosa por los bordes. El agua de lluvia se mezcla con bacterias y minerales y al chorrear por las paredes hacía abajo, se come la piedra dándole la forma de una perfecta ola de más de quince metros de alto y de ciento diez de largo. El sueño del surfista de olas grandes, tallado por la naturaleza.


Después de “wave rock” nos dirigimos de vuelta a Fremantle. Era hora de despedirnos de la pequeña familia que habíamos creado. A algunos ya los conocíamos, y porque vivían aquí desembarcamos primero en este coqueto pueblo para compartir unos meses con ellos. Otros fueron buenas sorpresas y, como no podía ser de otra forma, pasamos muchos buenos ratos, nos ayudamos los unos a los otros, y bajamos por nuestra garganta varios litros de cerveza y comidas compartidas entre risas, al aire libre o bajo techo, como debe ser entre familias de amigos. No sin pena, pero con ilusión –curiosas son las mezclas de emociones que los humanos podemos sentir-, les dijimos hasta luego tras un par de días: era hora de poner rumbo al norte. El plan era subir bordeando la costa, por supuesto parando a ver las maravillas naturales que se nos ponen en el camino, como las enormes dunas de las playas de Lancelin en las que nos revolcamos practicando el “sand-boarding”. 



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Era el día de cumpleaños de María. Lo celebramos con vino y muchas risas en el camping de “Sandy cape”, otra maravillosa playa de esta interminable costa, y creo que nunca olvidaremos ese cumpleaños de tanto que reímos, tanto que casi se nos pasa comernos la tarta. Antes de eso, uno de los parajes más visitados cerca de Perth son los famosos “pinacles”, pináculos, formaciones de roca caliza que se erigen desde el suelo verticalmente, a cientos, a miles, en medio del desierto. Parecía como si un concurso internacional de castillos de arena hubiera congregado a miles de niños, quienes debido a sus diferentes experiencias culturales habían dado forma a sus creaciones conducidos inconscientemente por las costumbres arquitectónicas de sus diversos orígenes. Unos eran altos y esbeltos, de hasta cuatro metros, otros deformes y chatos, algunos gaudianos cuales torres de la Sagrada Familia, otros imitaban agujas, pero todos formados por roca caliza que una vez fueron conchas que habitaban el océano. Eso sí se sabe, lo que aún se investiga es el proceso natural por el que la roca tomó y sigue tomando esa forma, hay diversas teorías aún en discusión. Curiosamente, el pueblo más cercano a los “pinacles” se llama Cervantes, y sí, es en referencia a nuestro escritor más internacional. Como no podía ser menos, a la entrada del pueblo, una escultura de metal con dos figuras, una erguida a caballo, otra más redonda a lomos de un burro, da la bienvenida


Dedicaré esta carta a todos aquellos que como la anciana del video, o el chico madrileño que recorre el mundo en bicicleta, recorren sus sueños dándoles vida, atrayendo la abundancia en la que creen y que no solo sale del banco, porque todos somos capaces de crear, y no hace falta esperar al final para darse cuenta de que te vale la pena. Supongo que primero hay que conocerse para saber que te merece la pena, algunos necesitaron cumplir noventa años, quizás yo sea un poco impaciente, como ya dije no voy a esperar, y muchos me llamarán soñador, pero todos quedáis invitados a soñar despiertos.