CARTAS DESDE AUSTRALIA

ESTOY SENTADO EN UN BANCO DE MADERA

​Por Cristóbal Pérez
|

17202829 1957761091118778 7451173186968220639 n

Como dijo uno de los más grandes de las letras hispánicas, el fascismo se cura leyendo y el racismo viajando. Estoy madurando mientras viajo. Este no es mi primer viaje, y espero que no sea el último, pues espero mejorar mucho aún en esta vida. Por haberlo sentido en mi propia piel, puedo decir que Miguel de Unamuno estaba en lo cierto, viajar te cura muchos prejuicios, te hace más observador, usar la empatía, eso tan necesario hoy día. Voy a enviarte cartas, por si te apetece hacer el viaje conmigo.

Estoy sentado en un banco de madera. El banco está unido a una mesa de picnic, todo el conjunto pintado de verde. Esta mesa de picnic está ubicada en Albany, suroeste de Australia. Frente a la mesa una playa de arena blanca y una bahía enorme. El agua está calma, pero puede estar enfurecida en cualquier momento. Así es aquí.
Llegué a Australia hace cuatro meses y tres días. Me gusta ser exacto en lo que cuento. He pasado la mayor parte de ese tiempo en la ciudad de Fremantle, la segunda que el hombre blanco estableció en todo el estado de Western Australia, “Australia del Oeste”. La primera fue esta en la que escribo. Ambas, por supuesto, son puertos principales de sus áreas.
Durante ese tiempo en Fremantle, he trabajado en una panadería, vendiendo pan, dulces y tartas. En ese trabajo, ganaba casi veinticuatro dólares la hora de lunes a viernes, veinticinco y pico los sábados, y casi treinta y tres los domingos. Cuento esto como dato informativo general.
Desde hace una semana viajo con María, mi novia, en nuestra furgoneta Toyota. Se llama Fanny. Ese es su nombre porque la chica francesa que nos la vendió se llama así. Ella la llamaba Roger. Fanny, la chica, nos dejó a Fanny la furgoneta totalmente preparada para viajar. Es la furgoneta con la que he soñado desde hace años. Y este que os voy a contar es el viaje en furgoneta que he deseado hacer desde hace mucho, mucho tiempo. No puedo imaginar lugar mejor en el mundo para hacer este viaje que Australia. Este continente es enorme, obvio, y pocos países tienen la preparación y equipamiento para viajar por carretera que el que estamos encontrando aquí. Aún no hemos viajado mucho, pero lo que llevamos nos está dejando maravillados, queremos más. 


York Street Albany


El otro día María conducía, la carretera pasaba a través de bosques de árboles gigantes, los “karri trees”, mientras yo, relajado en el asiento del copiloto eligiendo canciones de la Bersuit vergarabat, Los mártires del compás o Alpha Blondie entre otros, soñaba. De repente, como ocurren todas las cosas, observé que estaba soñando con viajar. Despierto, es mi sueño más recurrente, pero esta vez el sueño era diferente, estaba soñando la realidad de mi momento, estaba donde quería estar, estaba dentro del sueño que quería llevar a cabo, viviéndolo. Se me erizó la piel, y han sido muchas veces desde que salimos de Fremantle hace una semana las que la piel se me tersó y aparecieron pequeñas pompitas de relieve sobre ella. Creo que María no se da cuenta, debo decírselo: se me eriza la piel pensando en el viaje que estamos viviendo. Eso debe ser algo importante, cuando algo te eleva el alma de tal manera que los ojos se te agrandan y la piel se te encoje, apretando el cuerpo que rodea. Al escribir me ocurre algo similar, me quedo absorto, en trance, de repente, como ocurren todas las cosas, me acabo de dar cuenta de que la mesa de picnic sigue aquí, debajo del teclado. Al levantar la mirada me ha sorprendido la luna, precisamente hoy llena, redondísima y naranja y semioculta entre las nubes. He estado tecleando y el atardecer acabó, es de noche.
Así, como sin querer, he hilado dos de las cosas que más me gustan en este mundo, viajar y escribir, y es por ello que cuando recibí un mensaje en el que se me proponía escribir para un humilde periódico ni tuve que dudar. Es el empujoncito que necesitaba tras intentar arrancar a contar al viento lo que mientras viajo siento, y es que hay que tener cuidado con lo que se quiere atraer en la vida, porque puede que venga. Como los viajes.
Por las noches antes de acostarnos María y yo luchamos contra los mosquitos, pues a pesar de tener una excelente tela antimosquitos en ambas puertas que dan acceso a la parte trasera de la furgoneta, alguno se cuela, desatando una retaila de aspavientos para intentar expulsarlo.
La luna sigue subiendo, hay gente que se acerca hasta el borde de la playa para hacerle alguna foto, y yo pienso que hasta aquí está bien la introducción a mi viaje (nuesto, con María), comienza a hacer frío en Albany. Si quieres te escribiré cada semana, desde Australia, intentando hacerte saber detalles de los paisajes tan extraordinarios que encontramos, de las trepadas a árboles de cincuenta y ocho metros, de las piscinas naturales de aguas turquesas en la playa más bonita que jamás haya visto, de los canguros pastando en la mañana temprano o al atardecer… te recomiendo que vengas y los veas tú, pero si no puedes venir justo ahora, será un placer escribirte cada semana. Espero que haya bancos de picnic en todas partes donde pare, se me están haciendo mobiliario de hogar.